Silvia Freire, ¿Qué hacemos cuando se cierra la calesita?
Hay personas que no vuelven a cruzar una puerta, cenas que pierden sentido y relatos que se interrumpen. Silvia Freire conoció esa clase de pérdida y también descubrió que, incluso cuando una calesita se detiene, la plaza sigue ahí.
Tras más de cinco décadas junto al hombre de su vida, atravesar su enfermedad y despedirlo, Silvia no habla del dolor como quien simplemente lo dejó atrás. La ausencia permanece, pero ella elige definirse como “una niña que juega todo el tiempo”, con el asombro intacto para buscar una nueva aventura.
“Si el vidrio se empañó, le pasamos un trapito; detrás de los cristales siempre hay un buen paisaje”.
Aquella transformación no ocurrió de la noche a la mañana. Nació durante los tres meses de internación de su marido, mientras su vida cotidiana quedaba suspendida alrededor de una habitación de hospital. En medio del dolor, él le decía algo que en su momento, para ella, rozaba la crueldad: “Vas a ver que vos vas a estar bien”. ¿Cómo estar bien tras medio siglo juntos? Sin embargo, él la conocía y confiaba en su fuerza.
Al quedarse sola, Silvia hizo propia esa fe y recurrió a la caja de herramientas de desarrollo personal que había enseñado durante años: “Antes las repetía porque creía en ellas, pero tocaba de oído. Hoy tengo la autoridad para decir que la resiliencia existe. Si vi a otros detenerse y volver a caminar, supe que yo también podía”.
Una niña al volante
Para seguir adelante, Silvia tuvo que hablar con otra parte de sí misma. Le dijo a su niña interior: “Vas a tener que sacarme vos de acá porque yo de este pozo no salgo” y esa niña aceptó el desafío.
“Me hizo comprar la motorhome y me llevó a pasear por toda Argentina. Me subió al volante y me dio coraje en todo”. Desde entonces, cada aventura por tierra, aire o mar ha tenido una misma destinataria: aquella niña detrás del vidrio empañado.
Esa conexión se vuelve todavía más evidente al manejar: “Cuando voy manejando a cualquier hora, en cualquier ruta, cualquier lugar del mundo, sé que no soy yo. Este adulto, con limitaciones, con cuidado, evidentemente no soy yo la que dirige”
Inspirada en el poema El verano, Silvia comprendió que, aun en medio de la tristeza, dentro de cada persona habita un rincón intacto donde reside la alegría. Esa fue la zona que tuvo que reencontrar: su niña y su adolescente seguían vivas, con todas sus cualidades intactas.
Animarse: darle alma a lo nuevo
Con esa misma curiosidad frente a lo desconocido, Silvia sostiene que toda evolución merece respeto y aliento. Para ella, el verbo “animar” guarda un sentido profundo: darle alma a las cosas. Animarse implica darle vida a lo nuevo, aunque al principio no sepamos muy bien qué hacer con ello.
Desde esa filosofía se define como una apasionada del avance. Sabe que todo progreso exige adaptación y que no siempre es fácil aceptar lo que no se domina, pero está convencida de que jamás hay que frenarlo.
Esa apertura la aplica de lleno a la tecnología, las redes sociales y la inteligencia artificial. Lejos de temerles, eligió explorar sus posibilidades: “La uso muchísimo, la exploto como loca”, cuenta entre risas. Con ella crea cuentos, podcasts, novelas e imágenes, experimenta con su propia figura e incluso juega a reencontrarse con su imagen a los quince años. Para Silvia, esa capacidad de seguir jugando y aprendiendo también es una forma de agradecer.
Hay más juegos en la plaza
“El agradecimiento es fundamental porque te lleva a un lugar de la plaza donde ya no te quedás llorando porque la calesita cerró, sino que te invita a probar otro juego”.
Agradecer no significa conformarse ni negar la pérdida; es enfocar la mirada en lo que aún permanece: la salud, los sentidos, la movilidad y la calidez del encuentro con el otro. Con la mirada puesta en realidades duras como el Alzheimer o el deterioro cognitivo, Silvia recuerda que las capacidades cotidianas no deben darse por sentadas: tenerlas hoy ya es muchísimo.
Por eso la plaza no desaparece cuando una calesita se detiene; siempre hubo otros juegos allí, esperando a ser descubiertos. Desde esa perspectiva se comprende su acercamiento al estoicismo, a la espiritualidad y a las distintas escuelas de desarrollo personal: caminos que invitan a valorar el presente y transformar la mirada.

Filosofía para la vida cotidiana
Ella encuentra un hilo conductor en Buda, Un curso de milagros, el estoicismo, las religiones y el desarrollo personal. Aunque no todo coincida, para ella lo esencial siempre sale a la superficie: “Lo que es real, es real y flota”.
Del estoicismo rescata una máxima fundamental: “No importa lo que está pasando ahí afuera, sino lo que te pasa a vos con eso que pasa”. Principio que empata con una enseñanza del Dalai Lama que hizo propia: “La mejor religión es aquella que te convierte en mejor persona”.
Para Silvia, el valor de cualquier filosofía o creencia no está en la teoría, sino en lo que transforma en el día a día. Si una perspectiva te lleva a servir, a regalar una sonrisa, a ofrecer ayuda y a no caminar resentido por la vida, allí radica su sentido verdadero.
“Esa es la religión, esa es la teoría, ese es el estoicismo”. Una forma de aportar valor a la humanidad a través del buen humor, la alegría, la predisposición y el optimismo.
El lenguaje de la emoción y la importancia de escuchar
Tras recorrer miles de kilómetros con Mundo Freire, habla de Argentina con pasión: “Es hermosa, indescriptible”. Aunque conoce Europa, siente que en nuestro país hay un trozo de cada rincón del mundo.
Lo que más la conmueve está en los pueblos pequeños, en la forma en que sus habitantes hablan de aquello que consideran propio. Cuenta que muchas veces llega a un lugar y quien se encarga de mostrarlo lo hace con un orgullo tan grande que termina contagiándole la mirada de alguien que encuentra algo extraordinario en el lugar donde vive. También encontró algo que no depende de las fronteras: la calidez humana.
A pesar de no hablar idiomas extranjeros, recorrió Europa descubriendo que las emociones humanas se comprenden sin palabras. No olvida lo que vivió una madrugada en una estación de servicio junto a dos ucranianos: Ellos hablaban de sus pérdidas (uno había visto a su mujer entre los escombros; el otro, a su hermana). No entendía sus palabras, pero sí podía reconocer lo que había detrás de ellas. Entonces Silvia les contó la muerte de su marido. “Los tres nos entendimos cuando los tres lloramos. Hubo ahí una comunicación que iba por encima de cualquier idioma y cualquier palabra”.
Esa vivencia refuerza su llamado a ejercitar la escucha empática. A menudo nos cuesta comunicarnos con quien tenemos al lado porque interpretamos antes de preguntar o nos ponemos a la defensiva. Escuchar de verdad requiere atender qué dice el otro, cómo lo dice y qué dolor o vivencia está atravesando.
Una escena familiar resume esa dimensión del duelo: tras salir del crematorio donde despedían a su padrino, Silvia encontró a su tía paralizada frente a la puerta del departamento. Pensó que no se animaba a entrar porque él ya no iba a estar nunca más.
Le gritó: “¿Qué pasa, tía? ¿Qué pasa?”.
Ella respondió: “Estoy pensando, ¿qué voy a hacer de cenar?”.
Todo había perdido sentido. ¿Qué sentido tenía preparar una cena si él ya no iba a cenar? ¿Qué iba a cocinar?
La muerte irrumpe dislocando los gestos más cotidianos. De pronto, preparar la cena perdía sentido porque ya no había a quién cocinarle. La pérdida desampara hasta las rutinas más pequeñas.
Pedir, soltar y dejar que la vida responda
Para Silvia, avanzar no significa pretender controlarlo todo. Cree en planear, visualizar y proyectar, pero entiende que pedir también exige dejar espacio para que la vida responda.
En el Padre Nuestro encuentra una fórmula que le resulta poderosa. La oración termina diciendo “hágase su voluntad y no la mía”, y ella traslada esa idea a su propia relación con Dios. Le pide lo que quiere, le cuenta sus deseos, pero también le dice: “Si vos te parece que no es para mí, si no está en la ley lo que estoy pidiendo, sácamelo de la cabeza ahora; que mañana esto no sea mi objetivo”. No se trata de resignar metas, sino de aceptar que a veces creemos que el camino es hacia la derecha mientras la vida nos empuja hacia la izquierda.
En su explicación surge una metáfora metafísica: “Si lo deseas mucho, lo tenés. Tu deseo viaja al agujero negro del universo donde se estanca hasta que por ley de precipitación cae en el momento justo y se materializa".
Lo que queda es la fe. Para ella, tener fe es relajante porque permite aflojar. Frases como que «tras una puerta cerrada se abre un portón» funcionan porque cuando uno se siente alentado, fluye. “Tenemos aliento de vida”, dice, comparando ese impulso con un barrilete de papel que cobra vuelo con un poco de viento.
También hay que aprender a surfear: saber cuándo la ola sube, cuándo baja, cuándo sostener y cuándo soltar. En esa entrega le habla directamente a Dios: “Ocupate, ocupate de esto porque yo no puedo”. Pretender dirigir cada detalle de la existencia es absurdo cuando ni siquiera sabemos con certeza qué hacemos aquí.
“Uno puede creer que esto es una escuela, que venimos a aprender; uno puede creer que es un calvario; uno puede creer que la vida es una maravilla. Cualquier cosa. Pero no sabemos cuál es la verdad”. Y precisamente porque no lo sabemos, nos queda una elección: convertirnos en mejores personas, aportar buen humor y hacer que la vida de quienes nos rodean sea un poco más agradable.
La niña todavía juega
Silvia no tiene intención de dejar de jugar. En buena medida, Mundo Freire es la extensión de esa niña que quiere descubrir qué hay del otro lado de lo conocido. En este viaje se subió a autos de carrera en Rafaela, voló en planeador, navegó y se tiró en parapente. La dinámica con su productor resume su filosofía: él propone la aventura, ella se anima a vivirla.
Tras un breve paso por su casa, la esperan El Calafate, Panamá y seis meses en Europa. La calesita no deja de girar.
Para ella, la vida es más simple de lo que creemos. Lo ilustra con la imagen de un bebé: se cae, se levanta, vuelve a caerse y lo intenta otra vez sin llevar la cuenta de los fallos. “Todo lo que necesitamos saber lo aprendimos en el jardín de infantes”, reflexiona. Luego llegan los miedos heredados (las frustraciones y advertencias de los padres), pero la experiencia ajena no tiene por qué condicionar la propia.
Frente a quienes creen que el éxito o la felicidad dependen de la suerte, Silvia propone una metáfora: es como estar en una habitación oscura palpando las paredes para hallar el interruptor. Todos pasamos por esa penumbra, la diferencia está en no dejar de buscar. “En algún momento se hace la luz, en algún momento la suerte aparece”.
Es como golpear una roca: el primer impacto no deja marca, el segundo tampoco, pero cada vibración hace su trabajo hasta que la piedra se fisura. No sabemos cuál será el golpe definitivo, pero llega.
La calesita puede detenerse, la vida puede cambiar de golpe y hay cosas que simplemente no podemos elegir.