El deseo siempre empuja antes de que caliente el sol
Viernes por la mañana, con un viento helado que entraba derecho desde el río y obligaba a levantar las solapas del sobretodo, doña Marta llegó al consultorio con los dedos entumecidos y una sonrisa ancha. Apoyó un anotador sobre el escritorio y me dijo: "Mire, psicólogo, afuera hará cinco grados, pero yo ya me anoté en el taller de teatro y compré las semillas para los tomates".
Esa escena resume la mejor definición de salud mental que conozco.
Nos acostumbramos a pensar que la primavera es un fenómeno exclusivamente meteorológico, una suerte de milagro que baja del cielo con los primeros calores. Esperamos que el clima nos rescate del letargo, como si las ganas de vivir dependieran únicamente del pronóstico extendido...
Pero el deseo humano opera con otra lógica. No pide permiso al termómetro ni espera condiciones ideales de temperatura y humedad para salir a la cancha.
En la práctica clínica, tanto en el ámbito privado como en los pasillos de la salud pública, se nota con claridad: la verdadera esperanza no es una espera pasiva. Es un movimiento activo, una fuerza que se gesta en la intimidad cuando decidimos que el frío no va a paralizar nuestros proyectos.
Freud hablaba de la pulsión de vida como esa energía tenaz que insiste en tejer lazos, en crear y en apostar por el futuro, incluso en los escenarios más hostiles...
Y cuando pensamos en la vejez, el envejecimiento saludable no consiste en sentarse al sol a mirar cómo pasa la vida, sino en adueñarse del propio tiempo y sostener el protagonismo.
Marta tiene 76 años, artrosis en las manos y una jubilación que apenas puede estirar hasta el veinti y pico. Sin embargo, no se queda esperando que "pase el frío" para habitar su presente. Su acto de sembrar en su huerta y de subirse a un escenario es una maravillosa declaración de autonomía.
La primavera psíquica es precisamente esa chispa. Es la capacidad de proyectar a contramano de la intemperie.
Cuando una persona logra rescatar una inquietud postergada -retomar los estudios, aprender a usar una herramienta digital, compartir un café con amigos o volver a enamorarse-, el invierno subjetivo empieza a ceder. La escarcha interior se derrite mucho antes de que cambie la estación en el almanaque.
Desde las distintas cátedras en la universidad, solemos debatir sobre los determinantes del bienestar, y la conclusión siempre vuelve al mismo territorio: la salud no es sólo la ausencia de dificultades, sino la presencia de sentido.
Tener un para qué levantarse a la mañana transforma por completo la química cotidiana. Activa redes vinculares, despierta el cuerpo y devuelve la certeza de que todavía hay terreno fértil por explorar...
El frío de estos días pasará, como pasan todos los inviernos. Pero la diferencia real no la marca el equinoccio, sino la valentía de encender el motor propio sin esperar que el contexto sea perfecto.
Al final del día, florecer nunca fue una obligación impuesta; es la hermosa revancha de quienes eligen seguir apostando por la vida.
¿Te vas a quedar esperando que afloje el viento o vas a animarte a plantar tu propia semilla hoy mismo?