Cuando la fe y la palabra comparten la misma mesa
Don Amílcar llegó temprano a la consulta, esquivando el viento fresco que subía desde el puerto de Concepción del Uruguay. Apoyó sobre el escritorio su bastón y una pequeña estampa que acababa de comprar en la Basílica de la Inmaculada Concepción. Con una sonrisa mansa y la mirada brillante por la expectativa del viaje papal, me dijo: “Mire, doctor, yo rezo el rosario todas las tardes y me da una paz bárbara... pero sentarme acá cada quince días es lo que me ayuda a entender por qué me pongo tan triste cuando anochece”.
La inminente llegada del Papa León a suelo argentino enciende una fiesta comunitaria indiscutible. Hay un pulso colectivo que late en las capillas de barrio, en los centros de jubilados y en las charlas de almacén. Es esa necesidad tan nuestra de congregarnos, de mirarnos a los ojos y sentir que formamos parte de algo más grande... una trama que cobija frente a los vaivenes de la vida.
Durante mucho tiempo se insistió en dibujar una trinchera imaginaria entre la ciencia de la mente y la experiencia religiosa. Una suerte de River-Boca estéril donde parecía que elegir un lado obligaba a descalificar al otro. Qué error conceptual tan grande.
Debo decir que pienso que los rituales compartidos, los lazos de fe y la vida comunitaria son poderosos factores protectores. No son un síntoma ni una evasión; son redes de afecto y sentido que sostienen la identidad, sobre todo cuando los años pasan y el mundo exterior parece achicarse.
La fe aporta consuelo, horizonte y un sentido de trascendencia que abriga en las horas difíciles... pero la mente humana tiene sus propios laberintos. El recordado Francisco lo dejó asentado para la historia con una humildad que desarmó prejuicios: en sus años jóvenes, en plena madurez de su vocación, acudió durante meses al consultorio de una psicoanalista para ordenar temores y aclarar el rumbo. Lejos de restarle estatura espiritual, ese gesto lo enalteció. Demostró que reconocer los límites propios es el primer paso de la sabiduría.
En las mañanas de consultorio veo cómo la devoción y el trabajo subjetivo conviven con absoluta naturalidad. La plegaria alivia el desvelo, mientras que el espacio de la escucha ayuda a elaborar un duelo, a ponerle nombre a una soledad que pesa o a tramitar las rispideces cotidianas con los hijos. Una dimensión nutre a la otra.
El Papa León nos convoca al encuentro, a la concordia y a la ternura colectiva. Y qué mejor gesto de ternura hacia uno mismo que concederse un tiempo para ser escuchado, sin apuros ni mandatos. La devoción enciende la llama de la esperanza... pero a veces hace falta un oído atento que nos acompañe a descifrar el mapa del propio camino.
¿Y si en vez de pedirle a la fe respuestas para todo, la dejamos ser el refugio cálido desde donde animarnos a hablar de lo que verdaderamente nos pasa?