Las flores en el cementerio no son para los muertos

Mañana volveremos a llenar los pasillos de tierra y mármol, no por nostalgia ciega, sino porque el rito de hacer memoria sigue siendo el único remedio eficaz contra la soledad y el olvido.

El viernes a la mañana, camino a cargar nafta, crucé por la puerta del cementerio municipal y me quedé observando. Había baldes con gladiolos frescos, crisantemos amarillos y un olor a tierra húmeda mezclado con cera derretida. En uno de los puestos, una señora acomodaba los ramos mientras un jubilado de camisa planchada elegía dos claveles rojos con la dedicación de quien va a una primera cita. No había desesperación en sus manos arrugadas; había ceremonia. En un mundo acelerado que nos empuja a borrar el pasado como si fuera el historial de un teléfono, ese gesto mínimo me pareció un acto de rebeldía conmovedor.

Porque, digámoslo sin vueltas: las flores que compramos no son para los muertos. Son para nosotros, los que todavía respiramos y no sabemos qué hacer con el hueco que dejaron en la mesa del domingo.

En la consulta privada y en las charlas de pasillo con la gente grande, la ausencia no es una abstracción teórica. Es un mate que se ceba solo, una campera colgada detrás de la puerta que nadie se anima a descolgar o una herramienta del galpón que perdió a su dueño.

Hace poco, un paciente me decía con culpa, que todavía le hablaba a la foto de su vieja cada vez que tenía un problema en el trabajo. Se sentía infantil, casi ridículo. Tuve que recordarle que la cordura no pasa por hacer de cuenta que no nos duele nada... La verdadera locura es tragarse las palabras hasta que el cuerpo las escupa en forma de insomnio, úlceras o pánico.

El mandato contemporáneo nos repite hasta el cansancio que hay que "soltar", "superar" y "dar vuelta la página" como si la vida fuera una planilla de Excel. Nos venden la resiliencia como un producto exprés: dos días de licencia por duelo, tres frases hechas de autoayuda barata y a producir de nuevo, porque la máquina no puede parar.

Pero el psiquismo humano no entiende de plazos ni de cronómetros corporativos. El dolor no se salda en un trámite; exige tiempo, presencia y, sobre todo, una comunidad que sostenga la mirada cuando la voz se quiebra.

Por eso, sentarse en un espacio terapéutico no tiene nada que ver con regodearse en la herida ni con buscar recetas mágicas. La psicoterapia es, en el fondo, ese territorio seguro donde uno puede desarmar el nudo en la garganta sin que nadie le apure el reloj... Es el lugar donde la ausencia deja de ser una carga que asfixia y se transforma en una historia que podemos volver a contar sin rompernos.

Mañana, 2 de noviembre, miles de vecinos van a caminar entre las cruces y los nichos. Van a cambiar el agua verde de los floreros, van a pasar un trapo sobre el mármol gastado y van a quedarse unos minutos en silencio, mirando la nada.

Para algunos científicos de laboratorio o tecnócratas de turno, eso puede parecer un gasto inútil de energía, una superstición arcaica.

Desde la psicología de la salud, en cambio, sabemos que ese rito colectivo es pura higiene mental. Es el puente indispensable que inventaron las culturas para que la finitud no nos vuelva locos de aislamiento.

Cuando una persona mayor va a visitar a sus contemporáneos, no está rindiéndose a la muerte; está afirmando su propia biografía. Está diciendo "yo estuve ahí, yo amé a esta gente y mi historia tiene raíces". Despojar, sin más, a nuestros viejos de sus ritos y de sus duelos bajo la excusa de que "les hace mal recordar" es una forma brusca de desarmar su subjetividad y empujarlos a una pasividad anestesiada.

Recordar no es quedarse atrapado en el barro de la melancolía; es traer al presente lo que valió la pena para saber quiénes somos hoy.

Nadie se cura de una pérdida haciéndose el distraído. Nos curamos cuando encontramos a otro que nos pregunte "¿cómo era él?", y nos dé el permiso sagrado de lagrimear sin apuro.

Mañana no tengamos vergüenza de llevar una flor, de encender una vela o de sentarnos a conversar con una ausencia en el patio de casa mientras hierve la pava. Al final del día, los cementerios no son depósitos de cuerpos vencidos: son bibliotecas a cielo abierto donde guardamos las huellas de nuestro deseo. Y mientras tengamos el coraje de nombrarlos en voz alta, la muerte no tendrá la última palabra.

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