Seguir estudiando, a pesar de todo
En 1902, Salvador Lorenzo Debenedetti —un joven de 18 años, hijo de inmigrantes italianos, que presidía el centro de estudiantes de Filosofía y Letras de la UBA— tuvo la iniciativa de proponer el 21 de septiembre como Día del Estudiante en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. Su objetivo era tributar un homenaje cívico a Domingo Faustino Sarmiento, eligiendo la fecha exacta en que sus restos habían sido repatriados al país en 1888 tras su muerte en Asunción, un hecho que movilizó a miles de ciudadanos.
Aquella propuesta del movimiento estudiantil fue perdiendo su tono sobrio y formal hasta convertirse en la festividad que conocemos hoy. Sin embargo, cuando la música se apaga y las plazas se vacían, ¿qué significa realmente ser estudiante en Argentina y qué distancia separa aquella gesta de Sarmiento de las aulas actuales?
Estudiar en tiempos de informalidad laboral y costos inalcanzables
Existe una idea bastante instalada cuando se habla de los jóvenes y la educación: que ya no les interesa estudiar, que prefieren otras cosas o que perdieron el deseo de formarse. No obstante, la evidencia estadística desmiente esa noción. De acuerdo con el informe “Educación y trabajo: expectativa y realidad de jóvenes en Argentina” elaborado por el Observatorio de Argentinos por la Educación sobre la base de las pruebas Aprender, el 85% de los estudiantes que cursan el último año de la escuela secundaria expresa su deseo de continuar estudios superiores. Dentro de ese total, un 33% planea dedicarse exclusivamente a estudiar y un 52% proyecta combinar la formación con un empleo, mientras que un 65% manifiesta su intención de trabajar.
El verdadero problema emerge cuando estos proyectos chocan contra las condiciones materiales del mundo adulto. Para un joven que necesita generar ingresos, conseguir empleo puede ser una condición para sostener su vida cotidiana y, al mismo tiempo, convertirse en una dificultad para sostener sus estudios.
Al observar la franja etaria de 19 a 25 años a través de la Encuesta Permanente de Hogares, se evidencia que solo 4 de cada 10 jóvenes (el 38%) efectivamente estudian tras concluir la secundaria (un 25% solo estudia y un 13% estudia y trabaja). Esta fractura entre la expectativa y la realidad responde a un mercado de trabajo expulsivo: la desocupación en la población de 18 a 24 años ronda el 19% (casi el triple que en los adultos) y casi 7 de cada 10 jóvenes ocupados trabajan en la informalidad, sin aportes, estabilidad ni protección social.
Esta precarización laboral impacta directamente en la posibilidad de sostener los estudios. Al trabajar en negro, los jóvenes carecen de un recibo de sueldo, lo que se convierte en una barrera difícil de superar para afrontar responsabilidades básicas como reunir las garantías e ingresos exigidos para alquilar una vivienda, financiar los costos del transporte diario para viajar a cursar, o costear los aranceles de instituciones privadas. Ante la necesidad de generar ingresos en condiciones desfavorables y asumir responsabilidades económicas o familiares, el deseo de continuar una carrera superior se ve severamente dificultado, profundizando la brecha socioeconómica entre quienes pueden concretar sus estudios y quienes quedan relegados en el camino.
La trayectoria escolar golpeada y el desafío demográfico
Para comprender el complejo escenario de la educación superior en la Argentina, es indispensable examinar los cimientos sobre los que se construyen las trayectorias escolares desde los primeros años.
Aunque el 94% de los niños que ingresan a primer grado logran llegar a sexto grado sin repetir ni abandonar, las estadísticas elaboradas por Argentinos por la Educación revelan que apenas el 50% de los alumnos concluye la primaria en tiempo y forma, es decir, combinando la regularidad de la cursada con niveles satisfactorios en las materias fundamentales. Las mayores dificultades se concentran en Matemática, donde solo el 58% alcanza los contenidos esperados, a diferencia del 79% que lo logra en Lengua.
Esta fragilidad inicial se traslada al nivel secundario, donde, si bien se registró un avance en la terminalidad en la última década alcanzando al 74,6% de los jóvenes de 19 a 24 años, persisten profundas desigualdades socioeconómicas. En el quintil de menores ingresos, solo el 59,6% logra terminar la secundaria, mientras que en el quintil más alto la cifra asciende al 92%. A esto se suma que la finalización del nivel medio suele postergarse en el tiempo debido a repitencias e interrupciones, alcanzando su punto máximo recién a los 25 años.
Las consecuencias de estas trayectorias fragmentadas se reflejan en las evaluaciones internacionales. De acuerdo con los datos de las pruebas PISA, casi 8 de cada 10 estudiantes argentinos de 15 años (el 76%) no alcanzan los niveles mínimos de desempeño establecidos por PISA en Matemática, lo que significa que no demostraron las competencias correspondientes al nivel 2 o superior. De forma similar, en Lectura y en Ciencias el 59% de los alumnos queda por debajo del umbral básico de comprensión, ubicando al país en el octavo puesto entre trece naciones evaluadas en América Latina.

En medio de este diagnóstico de aprendizajes, el sistema educativo argentino se encamina hacia una transformación inédita provocada por la transición demográfica. Debido al sostenido descenso de la tasa de natalidad iniciado en 2014 (que registró en 2023 un 48% menos de nacidos vivos en comparación con el año 2000), las proyecciones indican que para el año 2030 la matrícula de la escuela primaria caerá un 27%, lo que representa 1,2 millones de alumnos menos en las aulas. Esta reducción podría llevar el promedio de 16 a 12 alumnos por docente a nivel nacional, abriendo una oportunidad clave de reorganización. Como señalan los especialistas, la menor cantidad de estudiantes permite reorientar recursos humanos y presupuestarios hacia programas de tutorías personalizadas, parejas pedagógicas en las aulas y un mayor acompañamiento en las escuelas de contexto más vulnerable.
Becas y educación pública: los puentes indispensables
Si estudiar también depende de las condiciones en las que una persona vive, garantizar el acceso a la educación implica algo más que abrir las puertas de una institución. Hay estudiantes que deben viajar para llegar a clases, trabajar mientras cursan, colaborar con los ingresos de sus familias o asumir responsabilidades que compiten directamente con el tiempo que necesitan para estudiar. En esos casos, la posibilidad de continuar una carrera no se define únicamente por la voluntad individual.
Cuando se analizan las oportunidades de acceso a la educación superior, las brechas de origen socioeconómico imponen barreras determinantes. Mientras en el decil de mayores ingresos el 51% de los jóvenes de 19 a 25 años continúa formándose (un 27% dedicado de manera exclusiva al estudio y un 24% combinando estudio y trabajo), en los sectores de menores recursos esa proporción cae drásticamente al 21%. Esta diferencia abismal también se evidencia en el acceso al mercado laboral de calidad: solo el 13% de los jóvenes con secundario completo accede a empleos formales de más de 30 horas semanales con aportes jubilatorios, cifra que en el decil más bajo se reduce a un marginal 2% frente al 42% que se registra en el decil más alto.
En este contexto de profunda disparidad, la universidad pública y los programas de becas u oportunidades de formación no constituyen un privilegio ni un gasto suntuario, sino un espacio democrático fundamental para mitigar las desigualdades de origen y promover la movilidad social. Para miles de jóvenes y adultos que deben costear viajes diarios, cumplir jornadas de trabajo informal o asumir cargas de cuidado familiar, el desafío no concluye al lograr la inscripción en una carrera; la verdadera encrucijada reside en permanecer dentro del sistema y no abandonar. Sin un acompañamiento institucional sólido, becas de ayuda económica y flexibilidad en los trayectos académicos, el costo de vida y la urgencia económica terminan forzando la deserción.
Garantizar la gratuidad, el apoyo estatal y las condiciones materiales para estudiar es una herramienta indispensable para evitar que las oportunidades sigan estando condicionadas por el lugar en el que se nace.
Aprender cuando todo está a un clic
En un mundo donde Google y la inteligencia artificial pueden responder a casi cualquier consulta en cuestión de segundos, aparece la pregunta: ¿para qué seguimos estudiando? Como el conocimiento ya no está encerrado en cuatro paredes ni en tomos polvorientos, memorizar datos o repetir fórmulas de memoria dejó de tener el sentido de antes. Sin embargo, la verdadera razón para aprender no nace de los discursos automáticos o repetitivos que escuchamos desde chicos, sino de la experiencia viva de sentir cómo la educación nos transforma por dentro y nos brinda herramientas reales para mirar el mundo de otra manera.
Estudiar es mucho más que perseguir un título o buscar un trabajo: es cruzarnos con otros que comparten nuestras inquietudes, construir amistades y proyectos que duran toda la vida, ejercitar la memoria, ganar templanza frente a las dificultades y descubrir capacidades que ni sabíamos que teníamos. 
En esta era de información infinita, estudiar se ha vuelto una forma de no dejarnos llevar por la corriente. Ya no se trata de acumular respuestas en la cabeza, sino de cultivar ese criterio puramente humano que ningún algoritmo puede reemplazar. Se trata de aprender a hacer las preguntas correctas, de conectar realidades distintas, de dudar con sentido crítico ante la desinformación y de interpretar la realidad con empatía, ética y contexto.
Y por eso, en este Día del Estudiante, el saludo es para todos los que siguen aprendiendo. Para las infancias que transitan la primaria descubriendo el mundo y para los jóvenes que cursan la secundaria imaginando su futuro. Para quienes habitan las aulas de la universidad, de un instituto terciario, una capacitación laboral, un taller de oficio o aprenden de manera autodidacta. Es para los jóvenes de veinte años que dan sus primeros pasos con incertidumbre y entusiasmo, pero también para quienes se animaron a romper prejuicios y volvieron a agarrar los libros, demostrando que nunca es tarde para volver a empezar.
Es un abrazo reconfortante para quienes estudian mientras trabajan, para quienes cuidan a sus familias, para los que viajan horas en colectivo con un apunte arrugado en la mano, para los que esperan una oportunidad, para los que tropiezan, se equivocan, vuelven a levantarse e insisten una y otra vez. Hoy vale la pena reconocer ese esfuerzo cotidiano, esa decisión de seguir haciéndose preguntas, de incorporar algo nuevo y de no dejar de crecer.
A todos ellos, que hacen del aprendizaje un acto de valentía todos los días: muy feliz día.
Fuentes:
https://www.canal12misiones.com/sin-categoria/salvador-debenedetti-dia-del-estudiante
Aclaración sobre las pruebas PISA: Las pruebas PISA permiten mirar un aspecto específico de las trayectorias educativas, pero no definen el valor de un estudiante ni resumen por sí solas el estado completo de la educación en la Argentina. Evalúan, a través de una muestra representativa de jóvenes de 15 años, competencias puntuales en Matemática, Lectura y Ciencias para observar cómo aplican esos conocimientos en situaciones de la vida real. Por lo tanto, sus resultados deben interpretarse como una señal indicativa sobre determinados aprendizajes y no como un diagnóstico definitivo ni una sentencia sobre toda una generación.