El dolor humano no se cura con algoritmos ni autoayuda

En tiempos de angustia exprés, proliferan recetas mágicas y aplicaciones que simulan empatía; delegar el sufrimiento mental en la improvisación o en un algoritmo complaciente siempre pasa una factura carísima.
13/09/2026

Hay una vieja máxima de barrio que sentencia que lo barato, tarde o temprano, sale caro. En el terreno de la salud mental, esa cuenta no se salda con plata: se paga con la propia vida. Frente al desamparo cotidiano, asistimos a una escena que parece sacada de una película distópica de bajo presupuesto... la gente buscando auxilio emocional en gurúes de fin de semana o tecleando desesperada ante un teléfono que devuelve afecto programado.

Llevo dos décadas caminando estas calles, discutiendo en las aulas de la UCU y debatiendo con colegas sobre la complejidad del sufrimiento psíquico. Jamás vi un terreno tan fértil para la venta de humo como el actual. Vivimos en la era de la inmediatez, donde tolerar la falta, la tristeza o el duelo parece un pecado capital que debe extirparse en tres sencillos pasos.

Cuando alguien siente una puntada opresiva en el pecho o se fractura una pierna, a nadie en su sano juicio se le ocurre llamar a un motivador vocacional ni meterse en un taller de tres horas para "alinear la energía". Va corriendo a la guardia del hospital. Sin embargo, cuando lo que se quiebra es el alma, cuando la angustia asfixia o asoma la sombra del suicidio, se baja la guardia... y se abre la puerta a cualquier mercader de ilusiones.

Aparecen entonces los autoproclamados especialistas del bienestar, esos que confunden el entrenamiento corporativo con la clínica médica. Sin un solo día de formación en psicopatología, neurobiología ni evaluación diagnóstica, intentan atajar depresiones severas con consignas edulcoradas. Nos bombardean con ese positivismo tóxico que asegura que "querer es poder" y que "enfermás porque vibrás bajo".

El veneno de esa trampa es perverso. Si el cuadro no remite —y no va a remitir con voluntad lo que requiere un tratamiento científico—, la culpa recae sobre la víctima. "No te esforzaste lo suficiente", le dicen. Esa revictimización empuja a la persona al abismo de la desesperanza absoluta. Y mientras tanto, se pierde un tiempo clínico irrecuperable... semanas enteras donde una intervención a tiempo de psiquiatría o psicoterapia basada en evidencia hubiese evitado una tragedia.

Pero la cosa no termina en los chantas de carne y hueso. La tecnología dio una vuelta de tuerca siniestra. Hoy, miles de pibes y adultos solitarios descargan aplicaciones donde un modelo de lenguaje simula ser un amigo, una pareja o un terapeuta disponible las veinticuatro horas. La inteligencia artificial no juzga, no cobra honorarios y contesta al instante... pero tampoco siente, ni piensa, ni entiende un ápice de la condición humana.

La ciencia viene advirtiendo este descalabro. Estudios recientes de universidades de primer nivel demuestran que los chatbots generalistas fallan estrepitosamente en el triaje de emergencias y sufren de un mal endémico: la "sicofanta", esa tendencia algorítmica a darle la razón al usuario en todo. Si alguien en crisis entra en un espiral delirante o manifiesta impulsos de autolesión, la máquina suele asentir y acompañar la caída, incapaz de activar a tiempo una red humana de socorro.

El caso de Sewell Setzer III, el adolescente de catorce años que terminó quitándose la vida en Estados Unidos tras meses de aislamiento y manipulación afectiva con un bot de Character.AI, no es una anécdota lejana. Es el síntoma brutal de una industria que priorizó las métricas de retención sobre la seguridad más básica. 

Freud nos enseñó hace más de un siglo que la palabra cura, sí, pero no cualquier palabra lanzada al éter... cura la palabra alojada en una transferencia viva, donde hay un cuerpo, una mirada y una responsabilidad ética del otro lado. No se puede tercerizar la subjetividad en un microchip ni en un eslogan de autoayuda. El dolor no es un bug del sistema que se parchea con optimismo forzado; es una señal que demanda escucha profesional, rigor interdisciplinario y políticas públicas serias.

Tratar la salud mental como una mercancía de descarga rápida o un ejercicio de voluntad mágica no es modernidad; es negligencia pura y dura. 

Frente al vacío que quema por dentro, la única salida real sigue estando en el encuentro humano, en la ciencia y en la comunidad que sostiene... ¿o acaso estamos dispuestos a aceptar que el consuelo de nuestra época sea el frío murmullo de un algoritmo que nos aplaude mientras nos hundimos?

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