¿Qué queda en pie cuando las persianas bajan?
Sillón, termo a medio llenar y el teléfono sobre el escritorio, obviamente con la pantalla encendida en La Pirámide. La notificación es de esas que pesan en el pecho: telegramas de despido que llegan en tanda, persianas de locales gastronómicos que bajan en la zona del puerto y comercios históricos que cierran sus puertas en la peatonal. En la cara de Mario, un tipo de cincuenta y pocos que concurrió hoy al consultorio, se adivinaba un silencio espeso... el sonido de alguien a quien le corrieron el piso de un plumazo.
El humor social no es una abstracción teórica ni una estadística de una consultora porteña. Es lo que se respira cuando caminás por la plaza Francisco Ramírez por la tarde. Es la cara del mozo que ya no te sonríe igual, la charla en la fila de la carnicería o el suspiro resignado del vecino que atendió su negocio toda la vida y hoy tiene que liquidar el stock. Cuando la estructura productiva de una ciudad como la nuestra se sacude, la psiquis colectiva siente el cimbronazo. La incertidumbre actúa como un goteo ácido: carcome la perspectiva de futuro, instala la ansiedad como norma y nos hace replegarnos hacia adentro.
Sin embargo... hay un malentendido peligroso alrededor de estos momentos. Solemos confundir la vulnerabilidad con la derrota. Creemos que cuando el trabajo flaquea o el proyecto comercial fracasa, la identidad misma de la persona queda destruida. Y ahí es donde tenemos que frenar la pelota y ponernos a pensar.
El ser humano no es un objeto pasivo del destino ni un simple número en una planilla de ajuste. Mario llegó a la consulta convencido de que su vida profesional había terminado con ese telegrama de despido. Sentía esa mezcla punzante de vergüenza y desamparo que produce la falta de certeza.
Pero la clínica enseña que el dolor es inevitable, mientras que el aislamiento es una elección que podemos desarmar. A las pocas semanas, hablando no desde la teoría abstracta sino desde la vida misma, Mario empezó a registrar algo inesperado. El tipo de la rotisería de la esquina le ofreció una mano para armar un emprendimiento familiar; un exprofe del club lo contactó para organizar unos talleres; los amigos de siempre armaron un asado no para compadecerlo, sino para tirar ideas sobre la mesa.
Eso es la resiliencia. No esa estampita edulcorada que te venden en los libros de autoayuda sobre «sonreírle a los problemas». La resiliencia real es de barrio, es comunitaria. Es la capacidad del sujeto de tomar los fragmentos del vaso roto y, en lugar de intentar pegarlos exactamente igual a como estaban, diseñar una copa completamente nueva.
Los pensadores de la psicología social lo explicaron de mil maneras, pero en criollo se resume fácil: nadie se salva solo. Cuando las instituciones crujen o las empresas recortan, la respuesta protectora no nace del individualismo feroz, sino de la red humana. Es la trama vincular la que amortigua la caída. En una comunidad con escala humana como la nuestra, el dolor de uno hace eco en la puerta del lado, pero la solidaridad también viaja a la misma velocidad.
La Salud Mental nos convoca a mirar a la persona como un sujeto de derecho pleno hasta el último día de su vida. Un despido o la quiebra de un comercio le quitan a alguien su ingreso temporal, no su saber, no su experiencia, no su capacidad de aportar valor a la sociedad. La dignidad no cabe dentro de un sobre con aviso de retorno.
No se trata de tapar el sol con la mano ni de caer en un optimismo ingenuo. Las dificultades económicas duelen y exigen respuestas concretas. Pero el verdadero peligro no es la crisis en sí, sino permitir que la crisis nos robe el deseo, la creatividad y la fe en el otro... Porque cuando la persiana de un local baja, la que no puede bajar bajo ninguna circunstancia es la persiana de la comunidad.
Al final de la sesión, Mario miró por la ventana y suspiró distinto. No porque sus deudas hubieran desaparecido mágicamente, sino porque entendió que no estaba solo en la cancha.
Y si la historia de nuestro pueblo nos ha demostrado algo, es que cuando nos apretan los zapatos, sabemos caminar juntos. ¿O acaso vamos a dejar que un mal momento nos convenza de que no somos capaces de volver a empezar?