El cuerpo en el aire, el arte en la vida

Una inmersión en el universo de la acrobacia aérea de la mano de la artista y docente de acrobacia aérea Maite Liezer. Conversamos sobre la urgencia de crear, el cuerpo como lenguaje y la necesidad vital de experimentar el arte más allá de la utilidad y los mandatos de la productividad.

El encuentro de Maite con la acrobacia aérea empezó casi por casualidad. Si hoy se detiene a pensarlo, las probabilidades de que se acercara a la acrobacia eran bastante bajas. Su lugar siempre había estado en la danza y la búsqueda de transmitir con el cuerpo lo que las palabras no alcanzan a decir.

Buscando reencontrarse con ese lenguaje después de un tiempo de pausa, se cruzó con la acrobacia aérea. La vio como un desafío posible, un espacio nuevo para probarse y ver qué sentía. Jamás imaginó que ese primer intento se convertiría en un antes y un después, ni que terminaría moldeando cada rincón de su vida cotidiana. Hoy sus días, sus horarios y su trabajo giran por completo alrededor de las telas y los entrenamientos, y no se imagina de otra manera.

Los primeros tiempos no fueron sencillos. La disciplina exige una base enorme de fuerza y flexibilidad, y enfrentarse por primera vez a la sensación de estar suspendida en el aire implicaba un territorio desconocido. Sin embargo, en medio del vértigo y el esfuerzo, descubrió que en muchos movimientos se siente más cómoda y hábil allá arriba que con los pies en la tierra.

De a poco, la acrobacia se metió en sus metas de la semana, en sus exigencias personales y en una forma completamente nueva de vincularse con su salud. Empezó a entrenar y cuidar su cuerpo no solo para rendir más, sino para poder seguir sosteniendo aquello que tanta felicidad le regalaba. La necesidad de superarse un poco más cada mañana hizo inevitable dar el salto y convertirlo en su profesión, con el deseo profundo de que otras personas también descubran la magia y la pasión que habitan en el aire.

Lo que un movimiento puede despertar

Trabajar con el propio cuerpo como instrumento artístico implica un compromiso profundo, una responsabilidad con sus principios, con sus valores y con quienes reciben el mensaje desde el otro lado. Maite es consciente del poder que tiene cualquier manifestación, ya sea la escritura, la pintura, la poesía, la danza o la acrobacia, para tocar fibras muy sensibles, aunque a veces se pierda de vista la potencia que encierra un simple movimiento, una secuencia o un paso sobre el escenario.

Esa expresividad no corre por carriles separados de la técnica. Hay una diferencia entre ejecutar una figura de manera correcta y conseguir que esa misma figura transmita una emoción, pero ambas dimensiones están muy conectadas: la segunda no puede ocurrir sin la primera. Es la seguridad que otorga el entrenamiento constante lo que le permite moverse con comodidad, despejando el terreno para que el aspecto artístico cobre protagonismo.

Esa lógica se extiende a la vida cotidiana, donde el arte lo atraviesa todo. Desde que se despierta hasta que se acuesta, su cabeza se mantiene activa proyectando e imaginando, y salir a la calle funciona como una puerta abierta a interpretar estímulos externos y encontrar sentido en los detalles más pequeños. Aunque esa intensidad constante por momentos resulte agobiante, se convierte al mismo tiempo en el refugio necesario para hallar claridad en el día a día.

Curiosamente, el miedo a las alturas rara vez es el gran obstáculo: cuando alguien llega con temor al vacío, el vértigo se disipa casi sin resistencia. El verdadero peso, el que cruza los entrenamientos y pone a prueba la cabeza, aparece en otro lado: en el miedo al error, al fracaso, a equivocarse con un movimiento nuevo o con un truco que se viene ensayando durante semanas sin encontrar la salida.

La disciplina se convierte entonces en un espacio donde la mente y el cuerpo trabajan a la par, entrenando la confianza, la seguridad personal y la capacidad de convivir con el error. Esa tolerancia a la frustración no desaparece al dejar atrás la etapa de principiante; Maite reconoce que, incluso siendo docente, sigue chocándose con esa misma sensación cada vez que el cuerpo debe enfrentarse a un desafío inédito. Cuando eso pasa, el consuelo está en mirar hacia atrás, recordar cómo empezó todo y valorar el privilegio de tener un cuerpo disponible para responder a cada locura que se le cruza por la cabeza.

Crear, resistir y seguir

Sostener la práctica exige a Maite una planificación que va mucho más allá de la tela: incluye gimnasio, trabajo funcional, flexibilidad y resistencia. En medio de esa maquinaria, aprender a frenar y entender el valor del descanso, tanto físico como mental, fue uno de sus aprendizajes más difíciles. Para ella, entrenar sin pausas desgasta, y equilibrar la exigencia con la vida personal es la única forma de evitar que la fatiga termine pasándole factura al cuerpo.

A esa trastienda física se le suma el desafío de hacer arte desde una ciudad “del interior”. Construir una carrera en la acrobacia aérea desde Colón implica remar a contracorriente, buscar formación en ciudades más grandes y lidiar con la falta de un reconocimiento económico acorde a los años de entrenamiento. Aunque la idea de irse genere una punzada inevitable, la necesidad de crear sigue empujándola, a la espera de más espacios colectivos, que hoy terminan sosteniendo los mismos artistas.

En medio de ese recorrido apareció un hito inesperado en septiembre: Maite decidió presentarse en la selectiva realizada en Gualeguay del certamen de danzas y acrobacias impulsado por Flavio Mendoza. Inscribirse no estaba en sus planes del año, fue un impulso a tres días del cierre de inscripciones, que le ganó a la autoexigencia y a la presión de mostrar siempre una versión perfecta en redes. En la categoría Elite Profesor, con una rutina de telas, obtuvo el segundo puesto con 94 puntos, un resultado que le aseguró el pasaje a la Final Sudamericana en Mar del Plata.

La clasificación la tomó por sorpresa y, de entrada, disparó el reflejo de exigirse al máximo. Sin embargo, con los días el enfoque empezó a cambiar: la prioridad pasó a ser disfrutar del proceso y valorar el sostén de su comunidad. Ella comprende que un certamen o un puntaje no definen su valor como artista ni como docente. Hoy, el verdadero desafío es reunir los recursos necesarios para concretar el viaje y llevar el nombre de Colón y de Entre Ríos a la Final Sudamericana, viviendo la competencia no como un examen definitivo, sino como un paso más en un camino que sigue abierto.

Para sumarte a su camino, ayudarla a concretar el sueño de representar a la región en Mar del Plata, podés seguir de cerca su trabajo en Instagram a través de @maiteliezer o comunicarte directamente al 3447 550484.

Enseñar a volar, aprender a soltar

Pasar de la práctica personal al rol de instructora nació de una certeza: cuando alguien encuentra una actividad que lo hace feliz y despierta una faceta propia, guardársela para sí resulta casi imposible. El punto de partida de Maite fueron las infancias, un espacio donde el juego y el arte fluyen con naturalidad. Con el tiempo, la inquietud se expandió hacia jóvenes y adultos, un territorio que al principio le generaba respeto por la responsabilidad de acompañar cuerpos adultos, con tiempos y disponibilidades físicas distintas. Esa búsqueda la llevó a profundizar en anatomía y biomecánica, y hoy el aula es un lugar de aprendizaje mutuo y de orgullo.

Frente a quienes llegan convencidos de no tener la fuerza o la flexibilidad necesarias, su propuesta no promete un camino fácil, construye un puente. La exigencia va de la mano de la contención, con herramientas para que cada persona explore sus límites con cuidado y respeto por sí misma. En ese intercambio diario, donde enseñar técnica es tan importante como cuidar el proceso, aparece la improvisación: cuerpos que se sueltan a jugar sin el peso de la teoría. Al final, la docencia no busca solo el rendimiento, sino devolverle a cada uno un rato de libertad, ese impulso de colgarse a jugar que también hace bien.

El mundo que cada quien lleva dentro

Para Maite, vivir una vida atravesada por el arte es una necesidad. Funciona como un cable a tierra que interrumpe la vorágine de vender y de ser productivos. Por eso, frente a quienes postergan una inclinación artística para buscar algo más práctico, su mensaje es claro: la creación no siempre nace de la felicidad, y darle espacio a la angustia o a la frustración es una forma sana de soltar lo que pesa. No hace falta que lo creado sea perfecto, hermoso o comercializable; alcanza con el impulso de hacerlo porque nace y porque hace bien.

Y estar viva es salir a la calle y dejar que los ojos imaginen mundos y proyectos por delante. Lo que descubre es que ninguna de las creaciones que pasan por su cabeza se parece a la de los demás: ahí reside la chispa propia, la manera particular de transitar la vida y de mirar el arte. Todos somos diferentes y eso está bien; atreverse a crear a partir de lo que nos distingue es lo que nos convierte a todos en artistas.

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