El síndrome del caudillo que no sabe pedir ayuda
Don Ernesto —73 abriles bien plantados, ex capataz de taller y afiliado a PAMI— se acomodó en la silla de mi consultorio. Miró de reojo la ventana, se cruzó de brazos y me soltó una de esas verdades entrerrianas que desarman cualquier manual: «Mire, doctor, acá en el pueblo el que afloja pierde... si uno muestra la hilacha, te pasan la factura sin anestesia».
Esa frase me quedó rebotando toda la semana en la cabeza. Justo por estos días en que la memoria local vuelve a girar en torno a Justo José de Urquiza —su nacimiento, sus batallas, y sobre todo ese trágico crepúsculo de abril en el Palacio San José— resulta imposible no tender un puente entre la historia grande y nuestras pequeñas neurosis cotidianas.
Porque Urquiza, guste o no a la historiografía de turno, fue ante todo un hombre devorado por su propio mito. Un hombre que, ya entrado en años, construyó un imperio de mármol y espejos en medio del monte entrerriano convencido de que su autoridad bastaba como escudo protector contra cualquier tormenta...
En la clínica vemos ese mismo mecanismo a diario. Lo llamamos omnipotencia narcisista, pero en la vereda le decimos simplemente «no querer bajarse del caballo». Nos pasa a todos, con particular crueldad a quienes hemos sido criados bajo el mandato de ser el roble indiscutible de la familia.
¿Cuántas veces nos encerramos en nuestro propio palacio mental creyendo que pedir una mano es un síntoma de debilidad? Muchos vecinos llegan a la consulta cuando el cuerpo ya les cobró el peaje: un infarto, un insomnio crónico que no cede con ningún té de tilo, o una angustia sorda que no entra en ninguna planilla de medicación.
En Concepción del Uruguay existe una relación muy especial con el bronce. Nos infla el pecho decir que caminamos por «La Histórica», nos reconocemos en la pirámide de la plaza, en las aulas centenarias del Colegio del Uruguay y en ese aire republicano que respiramos desde gurises... Hay un orgullo legítimo en saber de dónde venimos y en defender el suelo que pisamos.
Sin embargo, esa misma pertenencia a veces nos juega una trampa silenciosa: nos acostumbramos a cargar la historia en la espalda como si fuera una armadura obligatoria. Creemos que se nos exige una templanza de piedra, una capacidad infinita de aguantar el cimbronazo sin pestañear, como si cada vecino tuviera que librar su propia batalla de Caseros antes de animarse a confesar que le duele el alma.
Pero entiendo que el sentido de comunidad no se forja en el aislamiento, ni en la pose del caudillo solitario. La verdadera identidad de nuestro pueblo no está en los mausoleos ni en los discursos solemnes; late en la charla de almacén, en el saludo cruzado a mitad de cuadra sobre calle Rocamora, en la paciencia para escuchar al que baja al río a mirar el agua o en la ronda de mates compartida en el club de barrio...
La salud mental empieza, precisamente, cuando nos atrevemos a bajar la guardia frente a los nuestros. Cuando entendemos que cuidar al otro no es vigilarlo ni imponerle condiciones, sino hacerle un lugar donde no haga falta fingir que todo está bajo control.
A Urquiza le avisaron que el clima social hervía. Le advirtieron que las lealtades se cuarteaban y que el malestar caminaba al galope por los caminos de tierra de la provincia. Sin embargo, el caudillo eligió desestimar las señales: «A mí nadie se me va a animar en mi propia casa», dicen que repetía con esa soberbia tan nuestra...
Ese mecanismo de negación es el que tantas veces nos hace daño: negarse a delegar, desoír el cansancio y confundir el respeto con el sometimiento. El poder y la autosuficiencia, cuando no se comparten, no abrigan: aíslan. Y la soledad no elegida es el terreno más fértil para la tristeza y el deterioro.
Desensillar hasta que aclare no es cobardía; es puro sentido común. Entender que los tiempos cambian, que las fuerzas se transforman y que los afectos verdaderos se amasan con ternura y no con látigo, es la mayor cuenta pendiente que tenemos con nosotros mismos.
A veces hace falta un testigo imparcial para animarse a desmontar semejante armadura. Sentarse en un sillón anónimo, cara a cara con alguien que no nos juzgue ni nos pida credenciales de prócer, no es claudicar: es el acto más valiente que un hombre puede regalarse a sí mismo y a los suyos. Ponerle palabras a lo que quema por dentro no nos quita hombría ni dignidad; al contrario, desarma los fantasmas antes de que se vuelvan síntoma o encierro. Porque hablar a tiempo, con quien tiene la oreja entrenada para escuchar sin apuro, no es aflojar... es empezar a sanar.
La tragedia de San José no ocurrió sólo porque entraron cincuenta jinetes armados una tarde nublada. Ocurrió, fundamentalmente, mucho antes: el día en que su dueño clausuró la escucha y creyó que la historia le debía lealtad eterna...
¿Qué puertas de nuestro propio palacio seguimos cerrando con llave por miedo a reconocer que necesitamos de los demás?