El primer refugio: abrazar a nuestra mamá sana

Más allá de la historia y las fechas del calendario, el vínculo materno sigue siendo el cimiento de nuestro equilibrio emocional. Hoy es el día para bajar la guardia, levantar el teléfono y agradecer la vida.

"Ponete un abrigo que refresca", "avisame cuando llegues", "comé algo antes de salir"... Frases que a los veinte años nos pesaban como una mochila de plomo y que hoy, peinando canas y caminando las calles de nuestra Concepción del Uruguay, daríamos cualquier cosa por volver a escuchar con la misma inocencia. Porque hay un idioma universal que no se aprende en las universidades, sino en la cocina de casa, con el ruido de la pava de fondo. Es el idioma de las madres.

Hoy nos toca parar la pelota. El almanaque nos marca el Día de la Madre y, aunque a veces reneguemos de las corridas comerciales, la fecha tiene una razón de ser muy profunda. La humanidad siempre supo, casi por instinto de supervivencia, que había que rendirle homenaje al origen. No es un invento moderno... Ya los antiguos egipcios reverenciaban a Isis como la "Gran Madre", los griegos hacían lo suyo con Rea y los romanos con Cibeles. Necesitábamos ponerle nombre y altar a esa fuerza capaz de dar vida y sostenerla contra viento y marea. 

Pero... ¿por qué tanta historia para explicar algo que sentimos en el pecho? Porque detrás de los decretos de los papas y los presidentes, hay una verdad que en mi profesión vemos todos los días, aunque hoy deje los libros en el estante: la madre es nuestro primer mundo. Es el primer espejo donde nos miramos para saber quiénes somos y cuánto valemos.

Cuando hablamos de salud mental, solemos pensar en cosas complejas. Y a veces nos olvidamos de la base... La salud mental empieza en esa primera mirada que nos aloja. Ser madre está lejísimos de ser solo un rol biológico o la tarea mecánica de criar, alimentar y tapar de noche. Una madre es el primer refugio contra la intemperie del mundo. Es la que te sostiene cuando el piso se mueve y la que festeja tus goles como si fueran la final del mundo, aunque juegues en una cancha de barrio.

A lo largo de estos años escuchando historias de vida, aprendí que todos, absolutamente todos, llevamos a nuestra madre dentro. A veces con acuerdos, a veces con diferencias, porque sabemos que ninguna historia es perfecta ni de revista... Todas son humanas, reales, tejidas como se pudo. Y ahí está el secreto de la buena salud emocional en la adultez: poder mirar a nuestras madres como mujeres reales, con sus luchas y sus cansancios, y agradecerles el amor incondicional con el que nos armaron el equipaje para la vida.

La gratitud, créanme, es profundamente terapéutica. Reconocer de dónde venimos nos ordena el presente y nos alivia el alma. Por eso hoy la invitación es simple, sin vueltas. Si tenés la suerte enorme de tenerla cerca, andá, tocale el timbre y dale un abrazo de esos que duran un rato largo. No mires el reloj. Mirala a los ojos. Acompañala en su envejecimiento con el mismo respeto y ternura con el que ella acompañó tus primeros pasos, reconociendo su historia, sus ganas y su palabra.

Y si tu mamá ya no está físicamente en la mesa de este domingo... no te pelees con la nostalgia. Hacé de ese recuerdo una trinchera de amor. Prepará esa comida que le salía tan rica, contale una anécdota de ella a tus hijos, sonreí mirando una foto. Recordarla de la mejor manera, honrando la alegría y la esperanza que te dejó, es la forma más sana y hermosa de mantenerla viva en tu propia historia.

No dejemos los "te quiero" para después. La vida pasa rápido y el afecto expresado a tiempo nos ahorra una factura cara de silencios. Levantá ya el teléfono, mandá ahora ese mensaje, acercate a dar ese beso o elevá ese pensamiento al cielo... ¿Qué mejor medicina para el alma que volver, aunque sea por un ratito, al lugar donde empezó todo?

Y como hoy me permito escribir con el corazón, no quiero cerrar estas líneas sin hacer mi propia tarea. Quiero abrazar desde acá a mi madre, agradecerle por ser raíz, sostén y escuela de vida. Y quiero saludar con profunda admiración a mi mujer, la compañera de ruta que elegí y la madre de dos mujercitas geniales. Todas ellas mujeres admirables que me enseñan diariamente que el amor, cuando es verdadero, es el único lugar donde uno siempre quiere quedarse a vivir. 

¡Feliz día a todas las madres!

 

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