La salud mental no sólo se arregla poniendo buena voluntad

Lejos del mito de la locura o el diván inaccesible, atender lo que sentimos es hoy una urgencia cotidiana tan básica como medirse la presión.

El viernes por la tarde, mientras el ruido sordo de la lluvia en el techo marcaba el pulso del día en el consultorio, un paciente me miró fijo y soltó la explicación, casi pidiendo perdón, que él no estaba loco, pero que ya no toleraba ese nudo asfixiante en el pecho cada domingo a la noche. Llevo tiempo escuchando esa frase, con miles de variantes. Esa necesidad culposa de justificar el sufrimiento íntimo, como si para pedir ayuda hiciera falta un diagnóstico certificado de demencia.

Ayer conmemoramos el Día Mundial de la Salud Mental y, como ocurre puntualmente cada 10 de octubre, las redes se inundaron de tarjetas color pastel invitándonos a soltar, a respirar hondo y a vibrar en positivo. Qué fácil suena el eslogan cuando no se tienen cuentas que pagar ni dolores que callar... Y qué caro sale tragarse el malestar en la vida real.

Dejemos algo bien claro. La salud mental no pasa por una sonrisa forzada ni por esa tiranía moderna que nos obliga a mostrarnos felices las veinticuatro horas. Se trata, más bien, de tener la capacidad de sostener proyectos, de amar, de tolerar las pérdidas y de ponerle palabras a las cosas que nos desbordan. Si algo aprendí a lo largo de estos años, es que seguimos siendo sujetos deseantes hasta el último suspiro, no somos engranajes de una máquina que deben rendir sin chistar.

La mente no vive aislada en una campana de cristal. Influye de lleno en el tono con el que le contestás a tus hijos cuando volvés quemado del trabajo. Se mete en el insomnio que te desvela a las tres de la mañana repasando deudas o incertidumbres. Y aparece con fuerza en la persona mayor a la que van arrinconando en una silla, convenciéndola de que por los años acumulados ya no tiene voz ni voto.

Cuando desatendemos el dolor emocional, el organismo no tarda en cobrar peaje... El cuerpo habla a través de la gastritis, la contractura que no afloja o la taquicardia que termina en una guardia médica simulando un infarto. Lo que la boca calla suele gritarlo el cuerpo con un síntoma ruidoso; y pretender taparlo con puro optimismo es como querer apagar un incendio tirándole folletos motivacionales.

En las aulas universitarias suelo insistirles a los estudiantes en que no existe psiquismo sin contexto social. La cabeza no se cura en el aislamiento, sino en el lazo con los demás.

Entonces, ¿por dónde empezamos a cuidarnos en la rutina de todos los días?

Primero, desarmando la trampa de la exigencia constante. Parar diez minutos y mirar por la ventana no es holgazanería; es evitar estrellarse contra la pared a doscientos kilómetros por hora.

Segundo, recuperando el valor del encuentro real. La soledad no deseada enferma tanto como el peor de los hábitos sedentarios. Compartir una ronda de mates sin pantallas de por medio, charlar a fondo con un vecino o sumarse a un taller comunitario son intervenciones terapéuticas al alcance de la mano.

Tercero, validando el derecho a decir que no. Asumir que uno no llega con todo o que hoy no puede más no es un fracaso personal. Es el primer síntoma de sensatez de un ser humano lúcido.

Y, fundamentalmente, perdiéndole el miedo al consultorio. Ir al psicólogo no es un recurso extremo para cuando la casa ya se prendió fuego, ni una etiqueta reservada para quien perdió el juicio.

Hacer terapia es simplemente abrir una pausa donde no hace falta fingir entereza. Es sentarse frente a alguien que no juzga ni regala recetas mágicas, sino que ayuda a desenredar la propia historia y a recuperar el timón de los propios deseos.

No esperemos a que el agua nos tape para admitir que nos estamos ahogando. ¿O vamos a seguir sosteniendo la fantasía de que aguantar en silencio hasta quebrarse es una prueba de coraje y fortaleza?

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