Cumplir años no es sentarse a esperar el final
Cada vez que llega el 1 de octubre nos llenamos la boca con homenajes edulcorados, postales de manos arrugadas y vuelve con fuerza esa costumbre tan nuestra de llamar a todo el mundo “abuelo”... Como si al cruzar la barrera de los sesenta o setenta años la identidad entera se redujera a ese tipo de lazo familiar o a la fragilidad. Nos encanta mirar la vejez como si fuera una estación de llegada donde lo único que queda por hacer es mirar cómo pasa la vida ajena.
Nos equivocamos de punta a punta.
Envejecer no es achicarse ni pedir disculpas por haber vivido. En todo caso, es la evidencia más rotunda de que estamos acá, dando pelea en una cancha que cambia de dimensiones, pero que no se apagan las ganas de jugar.
Durante años se nos vendió la idea de que la madurez avanzada era sinónimo de quietud. Sillón, pantuflas, la novela de la tarde y el pastillero ordenado por colores. Un cuadro prolijo para que la familia se quede tranquila y el sistema de salud respire aliviado. Sin embargo, cuando uno sale a caminar por la mañana y ve a personas mayores copando la Isla del Puerto, discutiendo de política en el café de la esquina o anotándose en talleres para aprender informática, entiende que ese molde hace agua por todos lados.
El envejecimiento activo y saludable no es un sólo un eslogan ni un privilegio para unos pocos iluminados. Es una postura ética frente al tiempo. No se trata de correr una maratón a los ochenta para demostrarle nada a nadie... Se trata de levantarse a la mañana sabiendo que el día todavía tiene cosas para ofrecerte y que vos tenés mucho para devolverle.
Saludable no significa no tener dolores o lucir una analítica de laboratorio perfecta. Tener salud en esta etapa de la vida es conservar la soberanía sobre el propio destino. Es tener la libertad de decir qué comer, a qué hora acostarse, en qué gastar el dinero y con quién compartir la mesa. Cuando la sociedad o la propia familia infantilizan a las personas mayores tratándolas como objetos de cuidado, les están robando la salud antes de que aparezca cualquier síntoma físico.
La autonomía se gasta si no se usa. Y para usarla hace falta que dejemos de mirar a las personas de edad como receptoras pasivas de remedios y favores. Tienen voz, tienen voto, tienen memoria y, sobre todo, tienen presente. No son una carga que hay que acomodar en el rincón más ventilado de la casa; son el tejido vivo que sostiene nuestras instituciones, nuestros clubes de barrio, nuestras plazas y nuestra cultura.
El deseo no se jubila con ningún trámite previsional. Las ganas de aprender algo nuevo, de enamorarse, de armar un proyecto o de enojarse con las injusticias del mundo siguen intactas mientras el pulso responda. El desafío colectivo es construir vínculos donde envejecer no sea sinónimo de invisibilidad. Un entorno amigable es aquel que no te apura el paso en la senda peatonal, que no te trata como a un estorbo frente a una pantalla táctil y que valida tus decisiones aunque no coincidan con la comodidad de los demás.
El objetivo del envejecimiento activo es simple y radical: llegar lejos, sí, pero llegar enteros. Habitar el tiempo con dignidad, con proyectos bajo el brazo y con la certeza de que la experiencia no es un adorno para colgar en la pared, sino una herramienta para transformar la realidad.
Para continuar profundizando en estos y otros temas de salud, los invito a sumarse a Salud en Diálogo, un espacio pensado para debatir y reflexionar sobre el bienestar y la calidad de vida. Nos podés sintonizar todos los viernes a las 19:00 hs por MAVI TV o acceder a los contenidos cuando quieras a través de nuestro canal de youtube SaludenDialogo-MaviTV y nuestra cuenta de Instagram saludendialogo.cdelu.
Si algo nos dejó este nuevo Día Internacional de las Personas de Edad no es la nostalgia de los años que se fueron, sino una pregunta urgente para los que vienen: ¿vamos a seguir administrando la espera o vamos a abrir paso para que la vida siga sucediendo con toda su fuerza?