La deuda con el banco duele, pero postergar la vida mata
Viernes, cuatro de la tarde en el consultorio. Un paciente apoya los codos en las rodillas, mira el piso de madera lustrada y me dice, casi pidiendo disculpas: «Doc, no llego a fin de mes, pero lo peor es que siento que ya no llego ni a mí mismo». La frase me quedó picando. En una Argentina donde la palabra «morosidad» encabeza los noticieros, descubrí que la peor deuda no la tenemos con el banco, sino con el espejo.
Personalmente, he visto pasar crisis económicas de todos los colores, devaluaciones que quitan el sueño, papeles que se suponían billetes, el tristemente recordado trueque… y siempre la misma realidad, familias enteras haciendo malabares para no caerse del mapa.
Últimamente, los diarios y la televisión nos abruman con cifras de sobreendeudamiento. Si miramos la fotografía de Entre Ríos, los datos del sistema financiero indican que casi uno de cada cuatro entrerrianos con financiamiento arrastra retrasos en los pagos. Billeteras virtuales, tarjetas que queman, cuotas interminables para comprar el supermercado... La asfixia es real, tangible y nos atraviesa a todos.
Pero en la intimidad del sillón de la clínica, detrás del recibo de sueldo cortito y del resumen de la tarjeta, asoma una mora mucho más destructiva: el quebranto de la propia salud. Nos hemos vuelto especialistas en sostener el «pago mínimo» de nuestra propia existencia.
Refinanciamos los chequeos médicos obligatorios para «cuando haya tiempo». Postergamos ese asado de viernes con los muchachos del club porque «hay que seguir produciendo». Y le pedimos prestado crédito a las horas de sueño como si el cuerpo fuera un cajero automático con fondos infinitos… Advertencia: no lo es.
Desde la época de mi formación en los pasillos de la Facultad, y más tarde metido de lleno en la práctica clínica, entendí algo fundamental. La salud no es únicamente la ausencia de un diagnóstico de laboratorio. La salud incluye la capacidad de decidir, de disfrutar, de encontrarse con el otro.
Ricardo, un afiliado de 74 años que concurría a los talleres de UPAMI, me decía siempre: «Sabe qué pasa, psicólogo... uno se pasa cincuenta años corriendo para llegar a algún lado y, cuando llega, se da cuenta de que se olvidó de vivir el camino». Tenía toda la razón del mundo. De hecho, ya nos lo había contado Julio Iglesias… que pobre hombre se olvidó de vivir.
Cuando ahogamos la cotidianeidad en la vorágine del «tengo que hacer», le estamos quitando oxígeno al deseo. Subestimamos la importancia del juego como espacio de salud mental; ese lugar sin productividad inmediata donde simplemente somos. Sin embargo, hoy “estar al pedo” parece casi un delito de traición a la patria. Si no estamos sufriendo o corriendo, sentimos culpa.
Y ahí es cuando el cuerpo empieza a cobrar los intereses. El insomnio, la gastritis, la angustia que oprime el pecho a las tres de la mañana o ese cansancio crónico que ni con tres termos de mate se saca de encima... Esas no son fallas de fábrica: son los avisos de embargo que envía el organismo cuando la cuenta del autocuidado lleva meses en rojo.
Nos convencieron de que cuidar de nosotros mismos es un lujo egoísta, reservado para cuando «la cosa mejore». Pero la cosa nunca mejora sola si nosotros nos rompemos en el intento. La salud no es un bien suntuario que nos regalamos si sobra plata o tiempo al final del mes; es la estructura mínima que nos sostiene para dar la pelea diaria.
El abrazo con un amigo, la caminata por la isla viendo el Río Uruguay, el análisis de sangre que venís pateando desde marzo, o la charla sincera sin mirar el celular no son pérdidas de tiempo. Son la inversión más rentable que podés hacer en este escenario tan incierto.
La próxima vez que abras la aplicación del banco para revisar tus consumos, tomate un minuto para revisar también tu saldo interior.
Si tu cuerpo y tu cabeza te están pidiendo una pausa... ¿Hasta cuándo vas a seguir refinanciando la única vida que tenés para vivir?