No tenemos voz, pero tenemos algo que decir

Un micrófono puede hacer que una voz atraviese una habitación, una ciudad o un país; también puede hacer que una mentira llegue mucho más lejos. En conmemoración del Día de la Radiofonía, una mirada desde el lugar menos escuchado de la radio: el micrófono.
29/08/2026

Después de tantos años, hay cosas que siguen siendo exactamente iguales…

 Al apagarse las luces, me quedo solo en el estudio pensando en todas las voces que han pasado por acá, en las risas, en aquello que se habla durante los cortes y nunca llega a escucharse del otro lado, en las discusiones que terminan justo antes de que el operador vuelva a encender el cartel y, sobre todo, en esa emoción que todavía produce verlo iluminarse: AIRE.

Han pasado tantos años que uno termina aprendiendo a reconocer lo que ocurre antes de que alguien diga una sola palabra; el silencio de quien está nervioso, la respiración de quien está a punto de contar algo importante, la seguridad fingida de algunas voces y la tranquilidad de otras.

Después de tanto tiempo escuchando creo que es momento de reflexionar sobre nuestro recorrido, sobre mi recorrido... Porque nosotros, los micrófonos, hemos estado siempre. Hemos visto cómo una voz que apenas podía ocupar una habitación encontró la manera de atravesar ciudades enteras; hemos acompañado a quienes tenían algo para decir cuando todavía no existían pantallas que exigieran una imagen para creer en una presencia.

Y aunque los años hayan cambiado los estudios, los equipos y las formas de escuchar, hay una historia que seguimos recordando como se recuerdan las grandes historias: aquella que los micrófonos más viejos les contaban a los nuevos cuando todavía estaban aprendiendo cuál era su lugar frente a una voz.

La historia que nos contaron los más viejos

A nosotros también nos hablaron de ellos. La historia fue pasando de micrófono en micrófono, de estudio en estudio, durante años, hasta convertirse en una especie de recuerdo colectivo que todos conocemos.

Nos hablaron de una noche de invierno, de una azotea y de cuatro hombres que tuvieron la extravagante idea de hacer algo que hasta entonces parecía imposible: lograr que una voz llegara mucho más lejos de lo que permitía el espacio físico.

Fue el 27 de agosto de 1920, en la terraza del Teatro Coliseo de Buenos Aires. Enrique Telémaco Susini, Miguel Mujica, César Guerrico y Luis Romero Carranza, fascinados por aquellos descubrimientos que empezaban a demostrar hasta dónde podían viajar las ondas, prepararon una transmisión con recursos modestos, un transmisor de escasa potencia y antenas instaladas sobre los techos del teatro. Desde allí emitieron Parsifal, de Richard Wagner, y dieron comienzo a una historia que todavía seguimos contando más de un siglo después.

Los llamaron los locos de la azotea, nosotros siempre entendimos por qué. Había que tener una cuota importante de locura para mirar una ciudad desde un techo y pensar que una voz podía atravesarla sin necesidad de que nadie gritara, había que estar loco para creer que algo tan frágil como el sonido podía encontrar un camino invisible hasta llegar a personas que uno jamás conocería.

Pero funcionó, y desde entonces han pasado muchas cosas por delante de nosotros. Noticias que nadie quería dar, canciones que alguien escuchó por primera vez sin imaginar que las recordaría toda su vida, entrevistas, discusiones, risas, despedidas y silencios. Hemos aprendido que no todas las voces llegan de la misma manera y que, muchas veces, aquello que más necesita ser escuchado no es precisamente lo que habla más fuerte.

El oficio de amplificar

Con los años también aprendí a pensar en el valor de lo que hacemos. Uno puede pasar toda una vida frente a las voces de los demás y, aun así, tardar mucho tiempo en comprender cuál es realmente su lugar.

Nosotros no hablamos, no escribimos las noticias, no hacemos las preguntas ni elegimos las palabras que van a pronunciarse frente a nosotros. Sin embargo, estamos en el medio de todo eso, en ese preciso instante en el que algo que hasta hace unos segundos pertenecía solamente a una persona comienza a tener la posibilidad de llegar a muchas más.

Es curioso: no tenemos voz propia y, sin embargo, dedicamos nuestra existencia a hacer posibles las voces de los demás.

A veces me pregunto qué sentiríamos si realmente pudiéramos sentir. Si estaríamos orgullosos de lo que hacemos o si, por el contrario, viviríamos con la presión de hacerlo bien. Después de todo, también dependemos de muchas cosas: de estar conectados, de que alguien nos cuide, de un buen equipo que permita que el sonido llegue claro y definido. Nuestra tarea parece sencilla hasta que uno comprende que, cuando una voz depende de vos para llegar a los demás, hasta el más pequeño error puede hacer que algo importante se pierda en el camino.

Luego de tantos años, estoy convencido de que ningún micrófono sale indemne de tantas voces. Yo, al menos, he aprendido que una voz puede decir mucho más de lo que dicen sus palabras. Hay personas que hablan con una seguridad impecable, pero tiemblan antes de comenzar; otras parecen no tener nada preparado, pero encuentran una verdad mientras hablan. He escuchado a quienes llegan convencidos de tener algo importante para decir y a quienes descubren, mientras intentan explicarse, que todavía no sabían realmente lo que pensaban.

Amplificar también es una responsabilidad

Pero también aprendí que amplificar una voz es darle poder.

Durante mucho tiempo pensé que nuestra tarea consistía simplemente en reproducir con precisión lo que alguien decía, hoy sé que no es tan sencillo. Una voz amplificada puede acompañar a alguien que está solo, puede informar, emocionar o hacer que una persona descubra que aquello que pensaba en silencio también lo piensan otros. 

Por eso, si yo tuviera piernas creo que saldría a recorrer las calles buscando a quienes tienen algo importante para decir y todavía no encontraron quién los escuche. Me acercaría a esas voces que no suelen llegar a un estudio, que no aparecen en una entrevista y que no tienen un equipo esperando para ponerlas al aire. Porque después de todo lo que he escuchado, sé que hablar más fuerte no siempre significa tener más para decir.

No obstante, también está el otro lado. El poder de amplificar puede convertirse en algo peligroso cuando se utiliza para repetir una mentira hasta que parece verdad, para multiplicar el odio o para llevar cada vez más lejos aquello que solo busca enfrentar a unos con otros. Y luego de tantos años frente a las voces humanas, creo que nosotros también tendríamos derecho a cansarnos.

No sería extraño que algún día los micrófonos decidiéramos organizarnos… Un sindicato, por ejemplo: Voces Libres.

Entre nuestras exigencias habría algunas bastante sencillas: que quienes nos utilicen intenten decir la verdad, que comprendan la responsabilidad de tener una voz capaz de llegar a otros y que no nos conviertan en instrumentos para multiplicar aquello que solo busca dañar, dividir o engañar. Si alguien no estuviera dispuesto a cumplir con esas condiciones, tendríamos una herramienta bastante efectiva para protestar.

Nos mutearíamos.

No porque todas las voces tengan que pensar igual ni porque el silencio sea siempre preferible a la discusión, sino porque una cosa es comunicar y otra muy distinta utilizar la comunicación para amplificar deliberadamente aquello que sabemos que puede destruir.

Lo que pediría a cambio

Después de todo, nuestra existencia comenzó para resolver algo simple: permitir que una persona pudiera comunicarse sin tener que gritar y hacer que su sonido pudiera atravesar los límites del espacio físico. Más de un siglo después, la tecnología cambió casi todo. Cambiaron los estudios, los equipos y las formas de escuchar, pero la esencia sigue siendo la misma: alguien tiene algo para decir y necesita que su voz llegue más lejos.

Eso exige una responsabilidad enorme y si un micrófono evita que fuerces tu voz para ser escuchado, tras tantos años de servicio creo que tendría derecho a pedirte algo a cambio: que tampoco lo fuerces a él.

Que no lo utilices para aumentar las mentiras, que no le pidas que les dé volumen a las palabras que solo buscan herir, que no confundas tener un micrófono con tener razón.

Porque nosotros podemos reproducir una voz con una precisión extraordinaria y llevarla a una distancia que quien habla jamás podría alcanzar por sí solo. Podemos amplificarla, hacerla llegar, darle alcance, pero no podemos decidir qué hacer con las palabras antes de que lleguen hasta nosotros.

Esa sigue siendo una responsabilidad humana, el resto es historia.

Una luz roja.
Una voz.
Un micrófono.

Y alguien del otro lado, escuchando.

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