¿Por qué ya nadie cree cuando finalmente llega el lobo?
El sábado a la mañana, con mi mate y el termo bajo el brazo en la cola de la panadería, escuché a dos vecinos discutir sobre la muerte de Jorge Messi. "Naa, seguro es mentira, otra truchada de las redes", decía uno mientras encogiéndose de hombros miraba el teléfono... Pasaron horas de cautela, de un silencio raro y casi temeroso antes de que la gente se animara a dar por cierto el dolor ajeno.
Ahí estaba la paradoja perfecta de Juanito y el lobo. Tras ser bombardeados por primicias inventadas, tragedias truchas y operaciones de prensa para ganar clics, la sociedad desarrolló un callo... El lobo finalmente apareció en Rosario, pero el público, quemado por tantas falsas alarmas, prefirió no creer.
Aquella fábula infantil de Juanito y el lobo no era una lección moral sobre la mentira; era una advertencia sobre la destrucción de la escucha. Cuando el pastorcito miente diez veces, el problema no es solo la travesura... El verdadero drama ocurre en el pueblo, que pierde la capacidad de conmoverse ante lo real. Nos acostumbramos tanto a que nos mientan que, cuando la realidad irrumpe con su peso ineludible, la primera reacción no es la empatía, sino el escepticismo... Vivimos en una época donde el criterio de verdad se volvió difuso, masticado por la velocidad y el espectáculo.
En estas dos décadas de trabajo en el consultorio, aprendí que la confianza es un tejido fino. Se teje despacio, hilo por hilo, pero basta un tirón cínico para destejerlo entero. Lo que pasó esta semana con la muerte del padre de nuestro ídolo máximo es un síntoma social transparente. La noticia tardó en asimilarse porque los propios medios dudaban de sus fuentes... Y la gente, en la calle, no daba crédito. Vivimos en la era de la sospecha preventiva.
La psiquiatría clásica decía que el delirio era una construcción individual para defenderse de una realidad insoportable. Hoy pasa algo más perverso: la mentira es colectiva y está industrializada. Nos acostumbramos tanto al simulacro que la realidad tiene que presentar tres certificados firmados para que le creamos.
En las aulas de la UCU suelo discutir con los estudiantes sobre cómo la hiperinformación anestesia el juicio crítico. En lugar de generar ciudadanos más despiertos, la saturación produce un fenómeno de repliegue... Ante la imposibilidad de verificar todo, la mente humana opta por dudar de todo o, peor aún, por creerle a quien le hable con más convicción en un video de treinta segundos.
Es el caldo de cultivo ideal para los charlatanes modernos. Paralelamente a este descrédito de las noticias reales, presenciamos el auge imparable de los falsos influencers de la salud mental...
El terreno de la salud mental es, lamentablemente, el caso testigo de este naufragio. Cuentas de TikTok con cientos de miles de seguidores impulsadas por "influencers" que jamás pisaron una facultad —o ingenieros reciclados en terapeutas emocionales que cobran sesiones sin título alguno— venden fórmulas mágicas para el dolor. Prometen curar el trauma en tres pasos o diagnostican autismo en un video de treinta segundos.Tipos sin un solo papel académico que te explican cómo "curar la ansiedad en tres pasos" o cómo "soltar la depresión con pensamiento positivo". Y cuando no son los falsos profesionales, son los videos generados con Inteligencia Artificial que usurpan la cara y voz de médicos respetados para vender remedios milagrosos.
A esos gurús digitales la gente sí les cree sin dudar. ¿Por qué? Porque ofrecen certezas baratas y masticadas para aliviar el sufrimiento cotidiano. Freud explicó con brillantez que el ser humano tiene una inclinación natural a preferir la ilusión reconfortante antes que la amarga verdad.
¿Qué nos pasa como comunidad cuando la palabra pierde su valor de ley? Nos quedamos desprotegidos. En la clínica lo veo a diario con las personas mayores: la desorientación ante el engaño telefónico o la falsa promesa digital genera una angustia feroz. La persona deja de confiar en sus propios sentidos... Y cuando el sujeto no puede confiar en lo que ve ni en lo que escucha, la autonomía se desmorona y entra en juego la pasividad.
Freud también decía que la verdad tiene una fuerza pulsional, que tarde o temprano emerge. Sin embargo, en esta época hiperconectada, la verdad llega cansada, golpeada y pidiendo disculpas por existir. Nos hemos vuelto una sociedad de Juanitos desencantados, parapetados tras la pantalla para que nada nos duela del todo... Ni siquiera la muerte real de alguien querido.
Exigir rigor, defender el valor del título profesional y el peso de la palabra empeñada no es un capricho corporativo ni una postura elitista. Es un acto de salud pública. Es cuidar la casa común de la palabra.
Si permitimos que el ruido de los mercaderes del engaño tape la voz de la experiencia y la ciencia, el día que la vida nos ponga de frente a la pérdida o al dolor de verdad, no vamos a tener dónde sostenernos.
¿Aceptaremos vivir refugiados en el cinismo de no creer en nada, o nos atreveremos a reconstruir, persona a persona, el valor sagrado de la verdad?