2026-10-06

De la siesta uruguayense al invierno alemán: dos estudiantes, dos miradas

El frío polar de Neubrandenburg frente a la siesta uruguayense. Estudiar en otro idioma, romper estereotipos y descubrir que los alemanes no eran tan fríos ni los argentinos tan improvisados

Hay oportunidades que obligan a salir de la zona de confort y experiencias que cambian perspectivas. El intercambio estudiantil es una de ellas. Alan Di Dio y Marie Buck fueron protagonistas de este puente bidireccional en el marco de la Maestría Binacional en Gestión de Cultivos Extensivos, dictada de forma conjunta entre la Facultad de Ciencias Agrarias de la UCU y la Universidad de Ciencias Aplicadas de Neubrandenburg, Alemania.

La dinámica del programa propone un intercambio en espejo: durante el primer año, los estudiantes alemanes viajan a La Histórica; en el segundo, son los argentinos quienes cruzan el Atlántico rumbo a Europa. Un intercambio en espejo que permite ver la propia cultura a través de los ojos del otro.

El punto de partida

Para Alan, el proyecto de realizar la maestría surgió tras una propuesta del decano de la Facultad de Ciencias Agrarias de la UNLZ. Lo que más lo motivó a realizar el intercambio fue la oportunidad de explorar Europa, vivir nuevas experiencias culturales y fortalecer su formación académica. A esto se sumó el desafío de tomar clases íntegramente en alemán, lo que implicó un esfuerzo constante de adaptación idiomática y comprensión conceptual.

En la vereda de enfrente, el camino de Marie comenzó un par de años antes, cuando pasó unos meses en Buenos Aires. Aquella primera aproximación a los paisajes y a la cultura nacional la dejó fascinada. Supo entonces que tenía que volver, conocer más el país y reencontrarse con esa energía. Cuando surgió la posibilidad de sumergirse Concepción del Uruguay durante un año desde el ámbito universitario, no lo dudó: ya conocía la forma más relajada de vivir que tienen los argentinos y quería profundizar en ella.

El primer contacto: de local y de visitante

La relación entre ambos mundos empezó a tejerse mucho antes del viaje. Alan recuerda cómo fue recibir a los estudiantes alemanes: "Al principio se mostraban bastante tímidos, pero con el paso de los días la confianza creció, entablamos una gran amistad y empezamos a compartir salidas. Hablaban un español muy fluido, lo que facilitó la comunicación y la adaptación rápida a nuestras costumbres. En ese momento se consolidó un vínculo auténtico, sin imaginar que tiempo después serían ellos quienes me brindarían su ayuda en Alemania".

Del otro lado, la llegada a Concepción del Uruguay dejó una fuerte impresión en Marie. "Me recibieron con muchísimo cariño. Mi casera me fue a buscar a la terminal y me hizo un recorrido por la ciudad. Además, me invitaron a hacer excursiones. Eso me sorprendió muchísimo y estoy muy agradecida".

Sin embargo, no todo fue inmediato. Entre las costumbres locales, hubo una que le resultó completamente ajena: la siesta. "Aunque ya había vivido en Buenos Aires, no conocía esta costumbre de esta manera. Me sorprendió que en Concepción del Uruguay muchas cosas cierren al mediodía y la ciudad se vuelva tan tranquila durante unas horas, sobre todo porque en Alemania estoy acostumbrada a que el día continúe de manera ininterrumpida y los comercios estén abiertos todo el día".

Expectativas y el choque con la realidad alemana

Antes de armar las valijas, las expectativas de Alan eran altas: esperaba encontrar un país con estabilidad económica, un nivel elevado de seguridad, un entorno sumamente ordenado y un clima exigente. También sabía que la calidez de su gente podía distar de la impronta argentina.

Al pisar suelo europeo se encontró con una sociedad impecable, disciplinada y respetuosa que, aunque mantenía cierta distancia, siempre se mostró predispuesta a tender una mano. No obstante, el golpe más duro fue el invierno sumamente frío y oscuro que recién comenzó a suavizarse con la llegada del verano. En cuanto a Neubrandenburg, resultó ser un refugio apacible y algo monótono en comparación con la vertiginosa dinámica de grandes metrópolis como Berlín.

Dejar atrás el sol del verano argentino para chocar de frente con los días hiperbreves y el rigor del invierno europeo le dejó, de entrada, un sabor amargo y nostalgia. Pero lo más difícil estaba en los códigos de convivencia. Aceptar la distancia en el trato, la seriedad y esa costumbre ineludible de agendar todo con anticipación (desde una charla informal hasta un trámite) fue, sin dudas, uno de los principales choques culturales.

Sin embargo, a base de vivencias, algunas de esas reglas terminaron ganándose su respeto. Alan hoy confiesa que aprendió a valorar la puntualidad como un acto de respeto hacia el tiempo del otro. A la vez, la lejanía reacomoda las prioridades. Con el océano de por medio, se empiezan a añorar las pequeñas grandes cosas de todos los días: la música, la calidez de nuestra gente, un abrazo sin especulaciones y la sana costumbre de abrirle la puerta a un amigo a cualquier hora, libres de agendas y cronómetros.

Las aulas y los pasillos: entre la tecnología alemana y la calidez del mate

La experiencia universitaria también puso en evidencia dos mundos con lógicas distintas. Para Alan, desembarcar en Alemania implicó adaptarse a una dinámica con similitudes en la disposición de los docentes para resolver dudas, pero con reglas de juego particulares: evaluaciones basadas en trabajos individuales o grupales con un único examen final al cierre del semestre, y un sistema de calificaciones invertido donde el 1 era la nota más alta y el 10 la más baja. A eso se sumó la comodidad de vivir en el campus, prescindiendo del transporte público, y el impacto de una infraestructura moderna, con tecnología de punta y un comedor universitario equipado con tarjeta magnética y menús subvencionados que facilitaban el día a día.

Sin embargo, al momento de elegir qué traer y qué dejar, los contrastes afloran. Si Alan pudiera importar algo de Europa, se quedaría con esa infraestructura y el sistema de comedor; pero si tuviera que elegir qué llevarse de Argentina a Alemania, optaría sin dudarlo por la calidez humana: ese ambiente informal y espontáneo donde compartir unos mates antes o después de cursar genera una comunidad difícil de reemplazar.

Esa misma cercanía fue la que descolocó gratamente a Marie al llegar al país. Frente a los cursos masivos y las formas más distantes de su universidad en Alemania —donde a los profesores se los despide de manera verbal y formal—, la alemana se encontró con grupos reducidos en Concepción del Uruguay que transformaron por completo el vínculo académico. Acá descubrió que se podía tratar a los docentes de vos, llamarlos por su nombre de pila y hasta compartir el mate. Una cercanía y un trato personalizado que disfrutó a pleno y que, si pudiera, se llevaría de regreso a su facultad en Europa.

Más allá de los apuntes y los exámenes, el paso por el viejo continente dejó una huella en la mirada profesional de Alan. Comprobó el gran prestigio internacional que tiene el título de ingeniero obtenido en Argentina y el abanico de oportunidades laborales que se le abría en Alemania Pese a ello, el fuerte arraigo familiar y el amor por su tierra pesaron más, convirtiendo al regreso en una decisión tan firme como natural.

Romper estereotipos: cuando los alemanes no son tan fríos ni los argentinos pura improvisación

Estar a miles de kilómetros también obliga a revisar las ideas preconcebidas. En el caso de Alan, chocar de frente con el orden, el civismo y la profunda sensación de seguridad de la sociedad alemana le hizo cuestionar varias certezas sobre su tierra natal. Pero el ejercicio también funcionó a la inversa: debió explicar con frecuencia que la formación académica en Argentina no está por debajo de los estándares europeos y que el ingenio local esconde un nivel técnico de excelencia, derribando además la idea de que nuestra cultura se resume únicamente en fútbol y tango.

Estando allá, también descubrió que los alemanes no son tan fríos ni distantes como dice el cliché: detrás del respeto absoluto por la privacidad, hay una gran predisposición para ayudar ante cualquier duda. E incluso comprobó que el mito de la precisión germana perfecta tiene fisuras cuando el transporte público o los servicios fallan como en cualquier parte del mundo. Esa experiencia también lo llevó a replantearse sus propios discursos: reconoció que, estando en Argentina, uno suele idealizar el clásico "lo atamos con alambre" como una genialidad, sin advertir que esa capacidad para resolver crisis nace, muchas veces, de convivir con problemas estructurales que en Europa no existen.

Por el otro lado, la experiencia de Marie en La Histórica puso en cuestión sus propios estereotipos. Si bien ya había visitado Buenos Aires previamente, vivir, cursar y armar su día a día durante casi un año en el litoral le demostró que la Argentina no termina en la gran ciudad. Comprendió que las regiones, las formas de vida y las realidades sociales y económicas varían profundamente de un rincón a otro. "Ahora hablaría mucho menos de 'la forma de vida argentina', porque me di cuenta de lo diferentes que pueden ser las regiones, las ciudades e incluso las personas entre sí".

La trastienda del viaje: la soledad, el idioma y lo que no enseñan las aulas

Para Alan, el desarraigo no tardó en hacerse sentir. El primer golpe llegó apenas puso un pie allá: el clima oscuro, una habitación vacía y la ausencia inconfundible de la comida casera le devolvieron de inmediato una profunda tristeza. Esa soledad inicial, alimentada por los meses duros de invierno y el distanciamiento de una sociedad más fría, fue cediendo gracias a una trinchera inesperada: la compañía de otros latinoamericanos, árabes y marroquíes con los que compartió mates, charlas y un refugio contra la lejanía.

Por eso, cuando llegó la hora del balance, el mapa sentimental se había duplicado. Alan descubrió que, al volver, también dejaría un pedazo de su corazón en Europa, sobre todo al despedirse de esos amigos que lo sostuvieron en los momentos más difíciles. Estar a miles de kilómetros le enseñó que el valor de las cosas pasa por los detalles más simples: una charla espontánea, un abrazo y la certeza de que la calidez humana de nuestra gente es un abrigo indispensable.

Del otro lado, para Marie, la sensación de estar "viviendo" realmente en Argentina no llegó de golpe, sino a través de pequeños rituales cotidianos. Cruzarse a las pocas semanas con los empleados del supermercado, saludarse por el nombre y charlar un rato sobre sus viajes y su estadía fue lo que transformó un simple intercambio en un hogar adoptivo.

Esa inmersión le dejó una enseñanza sobre nuestra forma de transitar el mundo. Consultada sobre qué se llevaría de regreso a Alemania como forma de vida, Marie no lo duda: la capacidad que tenemos los argentinos de disfrutar de las cosas, de saber parar la pelota y sonreír incluso cuando las circunstancias apremian. Una filosofía de lo cotidiano que, en medio del rigor europeo, vale oro.

El puente invisible: por qué animarse a dar el salto

Haber transitado el camino en ambas direcciones transformó para Alan el significado de la palabra "intercambio". Al principio, la idea se resumía en ser un buen guía, mostrar la cultura propia y acompañar al visitante. Pero vivir el proceso de adaptación en carne propia, con el desafío del idioma y el peso inicial de la distancia, le reveló una dimensión más profunda: un intercambio no es solo cursar en otra universidad, sino también ver el mundo a través de los ojos del otro, revalorizar lo propio y construir vínculos que transforman la forma de relacionarse con el entorno.

Por eso, ante la duda o el miedo natural de armar las valijas, ambos coinciden en que dar el paso vale la pena. Alan asegura que esas incertidumbres previas son, justamente, las que vuelven a la vivencia tan transformadora: afrontar lo desconocido fortalece la resiliencia, abre la cabeza y deja aprendizajes que ninguna aula del mundo puede enseñar.

En la misma sintonía, Marie le habla directo a cualquier estudiante en su país que esté evaluando cruzar el Atlántico: "Siempre hay que aprovechar estas oportunidades, porque son enriquecedoras en muchísimos sentidos. Durante este tiempo pude consolidar mi español, aprender vocabulario específico de mi área, conocer otra forma de enseñar y rodearme de nuevas personas". Sabe perfectamente que el camino no siempre es lineal, pero lo resume con claridad: "No todo va a ser fácil, pero uno crece con cada desafío. Además, Argentina es un país hermoso, con lugares tan diversos y únicos, que yo no dejaría pasar la oportunidad de conocerlos".

Al final del recorrido, bajo el abrigo de la siesta uruguayense o frente al rigor del invierno europeo, el intercambio termina siendo mucho más que un viaje: es lo que queda de cada persona que se cruza en el camino y de todo lo que uno se anima a descubrir cuando decide dar el paso.

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