Suicidio: qué debemos mirar y cómo podemos intervenir
Durante el Mes Internacional de la Prevención del Suicidio, hablar del tema con responsabilidad exige comprender primero su naturaleza. Desde la psicología, Lucas Giqueaux sitúa la clave en el plano psíquico por sobre el estrictamente biológico:
“Me gusta definirlo como el acto voluntario de ponerle fin a la existencia psíquica. Si bien su consecuencia última es biológica —la muerte y la finitud corporal—, se trata de un acontecimiento que se gesta psíquicamente”.
Aunque a escala local no se cuenta con datos concretos o consolidados de la ciudad, las estadísticas provinciales y nacionales permiten dimensionar la problemática. Al analizar qué sectores presentan hoy mayor riesgo en nuestro país, el especialista detalla:
“En Argentina, datos recientes del Ministerio de Salud sobre intentos de suicidio (abril 2023 a octubre de 2025) muestran que en adolescentes y jóvenes de 15 a 24 años se concentran las tasas más elevadas de intentos. Asimismo, dentro de ese grupo, la franja etaria 15 a 19 años presenta la tasa más alta.
Los intentos notificados son más frecuentes en mujeres, principalmente entre las adolescentes de 15 a 19 años. En cambio, cuando hablamos de intentos con resultado mortal, los varones presentan una letalidad mucho mayor: el Ministerio informa que fue aproximadamente cinco veces superior al de las mujeres.
Hay además diferencias territoriales: Entre Ríos, Catamarca, Jujuy, Neuquén, Formosa y Salta presentan tasas particularmente elevadas en relación a las restantes provincias de nuestro país. Datos del 2024 indican que en Argentina se consumaron 4.249 suicidios, es decir, hay una tasa nacional de 9.8 suicidios cada 100.000 habitantes mayores de 5 años. En Entre Ríos, en 2024 se consumaron 263 suicidios, con una tasa de 19.8 cada 100.000 habitantes mayores de 5 años. No tenemos datos consolidados aún respecto al 2025”.
Límites éticos y clínicos: la diferencia entre suicidio y eutanasia
En el debate público suelen cruzarse conceptos que pertenecen a campos éticos, legales y médicos totalmente distintos. En la Argentina, donde la eutanasia no está legalizada, esta distinción cobra un sentido puramente informativo y descriptivo. Sin embargo, para evitar confusiones que empañen el abordaje clínico, considera indispensable marcar la frontera entre ambos términos:
“La diferencia fundamental está en el contexto, la finalidad y la intervención. En el suicidio, una persona realiza o inicia una conducta orientada a poner fin a su propia vida, habitualmente en el marco de una crisis y un sufrimiento psíquico que requiere ser escuchado, evaluado y atendido. La eutanasia, en cambio, se refiere a una intervención realizada por un profesional de la salud a solicitud expresa de una persona que padece una enfermedad grave e incurable, con el fin de evitar un sufrimiento insoportable y bajo un procedimiento regulado por condiciones legales y sanitarias”.
—¿Por qué resulta tan peligroso asimilar o equiparar ambas situaciones?
“Aunque en las dos pueda aparecer el deseo de poner fin a la vida, no tienen el mismo significado ni se producen por las mismas circunstancias. En el suicidio, la conducta puede aparecer en el contexto de una crisis o de un padecimiento psíquico intolerable, y requiere evaluar qué está ocurriendo con la persona, qué lugar ocupa la muerte en ese momento y qué posibilidades de abordaje/intervención existen.
En la eutanasia, en cambio, estamos frente a un escenario médico específico, sujeto a criterios clínicos, éticos y jurídicos. Por eso, no corresponde interpretar automáticamente un pedido de eutanasia como si se tratara de una conducta suicida, del mismo modo que tampoco sería adecuado pensar que toda expresión de deseo de morir constituye una solicitud de eutanasia
Un fenómeno multicausal: factores de riesgo y vulnerabilidad
Una vez despejadas las fronteras conceptuales, resulta indispensable indagar en la trama que desencadena una crisis suicida. Al respecto, el psicólogo explica:
“No es posible explicar el suicidio a partir de un único factor ya que se trata de un fenómeno en el que intervienen dimensiones psicológicas, vinculares, sociales y también circunstancias particulares de la vida de una persona.
Entre los factores que pueden aumentar el riesgo encontramos los antecedentes de intentos previos, la presencia de sufrimiento psíquico intenso, el consumo problemático de sustancias, rupturas vinculares, aislamiento social, conflictos familiares, dificultades económicas, experiencias de discriminación y situaciones de crisis que la persona percibe como imposible de afrontar.
También es importante considerar el acceso a medios letales y, especialmente, la combinación de varios factores en un mismo momento. Un factor de riesgo no determina una conducta, pero sí aumenta su probabilidad. Por ejemplo: una separación no determina que alguien vaya a intentar suicidarse, pero puede adquirir una significación diferente cuando se combina con aislamiento, antecedentes de intentos, consumo de sustancias y una vivencia de desesperanza”.
En este entramado multicausal, uno de los errores más extendidos es asociar el riesgo suicida exclusivamente con la depresión. Sin embargo, Giqueaux desmonta esta creencia extendida al señalar que el sufrimiento psíquico desborda las etiquetas clínicas “Si bien la depresión es un factor de riesgo importante, el suicidio no necesariamente está asociado a ella. La Organización Mundial de la Salud, de hecho, advierte que muchas personas que presentan conductas suicidas no tienen una condición de salud mental diagnosticada. Una persona puede atravesar una situación de riesgo suicida sin tener un diagnóstico de depresión o de otro cuadro clínico de Salud Mental”.
A partir de esta lectura, el foco deja de estar únicamente en la patología y se traslada a los acontecimientos y transformaciones de la vida cotidiana que pueden fragilizar la estructura emocional de un individuo.
“Hay sucesos en la trayectoria vital de una persona que pueden producir una mayor vulnerabilidad psíquica, especialmente cuando desbordan los recursos psíquicos que una persona tiene disponibles para afrontarlas. Pueden ser pérdidas afectivas, separaciones, duelos, conflictos familiares, situaciones de violencia, abuso, aislamiento, dificultades económicas, problemas laborales, enfermedades crónicas, experiencias de discriminación o cambios vitales que impliquen una ruptura importante con aquello que hasta ese momento oficiaba como organizador de la vida de una persona”.
Indicadores, conductas y señales de riesgo: aprender a mirar
Para pasar de la teoría a la prevención concreta, el primer paso radica en distinguir entre las condiciones de fondo y las manifestaciones del momento. Al respecto, establece una aclaración fundamental: los factores de riesgo marcan la vulnerabilidad previa, mientras que los indicadores o señales de alarma son las manifestaciones observables de una crisis en curso.
“Hay algunos indicadores que deberían llamar nuestra atención, sobre todo cuando aparecen de forma simultánea o representan un cambio respecto de cómo era habitualmente esa persona. Uno de los más importantes es la aparición de expresiones relacionadas a la muerte, la desaparición o la idea de no querer seguir viviendo. A veces son manifestaciones directas y otras aparecen de una forma más velada, por ejemplo, cuando alguien dice que sería mejor no estar, que los demás estarían mejor sin él o que ya no encuentra ninguna razón para vivir.
Tenemos también que prestar atención a todos los comportamientos no habituales de esa persona que pueden aparecer: cambios bruscos de ánimo, aislamiento o expansividad, abandono de actividades que antes resultaban significativas, alteraciones en el sueño o la alimentación, sentimientos intensos de desesperanza, inutilidad o de ser una carga para los demás. Por último, tienen valor las despedidas inusuales, regalar objetos de valor afectivo y cambios significativos en las rutinas. El escenario se complejiza aún más requiriendo evaluación inmediata cuando la persona no solamente manifiesta ideas suicidas, sino que comienza también a hablar de un plan o de una forma concreta de llevarlas adelante”.
—¿Una persona puede estar atravesando una situación de riesgo aunque su entorno no lo perciba?
“Sí, claro. No todo sufrimiento psíquico se manifiesta de manera evidente. Una persona puede continuar trabajando, estudiando, encontrándose con amigos o incluso mostrándose alegre mientras atraviesa internamente una situación de enorme sufrimiento. Puede sentir vergüenza, temor a preocupar a los demás, miedo a ser juzgado o simplemente no encontrar la manera de explicar lo que está viviendo. Por lo tanto, no deberíamos esperar a que una persona ‘parezca suicida’ para preguntarle cómo está. La ausencia de señales evidentes no significa ausencia de riesgo”.
El valor de la palabra: cómo acercarnos y qué preguntar
Detectar cambios significativos en alguien cercano puede generar dudas sobre cómo intervenir. Giqueaux señala que no existe una conducta aislada que permita determinar por sí sola una situación de riesgo:
“Si advertimos un cambio que nos preocupa, podemos acercarnos y decir algo como: ‘te noto diferente hace algunos días/semanas, ¿puedo preguntarte si te está pasando algo?’. Y si sospechamos que puede existir riesgo suicida, es posible y necesario preguntarle directamente: ‘¿Has tenido en el último tiempo intenciones de hacerte daño?’”.
—Existe un temor muy extendido de que hablar abiertamente sobre el tema puede "dar ideas" o inducir al acto. ¿Es conveniente hablar directamente sobre el suicidio?
“Sin, dudas. Hablar directamente sobre el suicidio con una persona que presenta señales de riesgo no aumenta la posibilidad de que realice una conducta suicida. Por el contrario, puede abrir un espacio para que pueda expresar algo que quizás hasta ese momento estaba viviendo en silencio.
Una pregunta directa, formulada con cuidado y sin juzgar, puede permitirnos conocer mejor qué está atravesando y evaluar la necesidad de ayuda. No hace falta encontrar las palabras perfectas. Se puede comenzar simplemente diciendo: ‘te noto preocupado’, ‘hace tiempo te veo diferente’, es decir, poner en evidencia. Lo importante es poder escuchar la respuesta sin interrumpir, discutir ni intentar convencer de que ‘tiene muchas cosas por las cuales vivir’. Y preguntar tampoco significa que quien acompaña deba transformarse en terapeuta. Su función es escuchar, tomar en serio lo que le transmiten y ayudarla a contactarse con una red de apoyo y profesionales que puedan evaluar la situación”.
Lo que debemos evitar: la trampa de las respuestas armadas
Tan crucial como saber qué decir es conocer cuáles son las reacciones que entorpecen la contención. El psicólogo enfatiza que la tarea de quien acompaña no es diagnosticar ni resolver el conflicto de forma individual, sino abrir una vía segura hacia la ayuda profesional.
—¿Qué preguntas o comentarios deberíamos evitar frente a alguien que atraviesa una crisis de este tipo?
“Lo principal que deberíamos evitar es juzgar, minimizar o intentar resolver rápidamente aquello que la persona está expresando. Frases como ‘tenés todo para ser feliz’, ‘hay gente que está peor’, ‘dejá de pensar en esas cosas’, ‘tenés que ponerle voluntad’ o ‘pensá en tu familia’ pueden surgir con intenciones reparatorias, pero producen el efecto contrario: llevan a que la persona se sienta incomprendida, culpable o incluso más sola.
Tampoco sugiero preguntas que tengan un tono acusatorio: ‘¿cómo podés hacerle esto a tu familia?’, ‘¿no pensás en tus hijos?’, ‘¿quién se va a ocupar de ellos cuando no estés?’. No intentemos demostrarle que sus razones para sentirse así son equivocadas”.
Cuando la preocupación se centra en un familiar, un amigo o alguien del entorno cotidiano, la primera reacción suele ser la incertidumbre sobre cómo dar el primer paso. Para Giqueaux, el camino comienza siempre con la presencia y la escucha activa:
“La primera maniobra podría ser acercarnos, no subestimar y no ignorar aquello que nos preocupa. Podemos preguntar cómo está, escuchar lo que tenga para decir sin juzgar ni emitir opiniones moralistas y, si advertimos señales de riesgo suicida, preguntarle directamente si está pensando en hacerse daño o atentar contra su integridad. Si existe un riesgo inmediato, no debemos dejarla sola, es necesario hacer una revisión en el domicilio para quitar posibles objetos con los que pueda dañarse y es necesario buscar ayuda urgente”.
—¿Cómo se encuentran las palabras adecuadas para esa primera aproximación?
“Desde la preocupación genuina y sin juzgar. Un comentario al estilo de ‘te noto diferente, me preocupa cómo estás y quiero saber si puedo acompañarte’, puede abrir una conversación. No necesitamos tener las palabras resolutivas, necesitamos hacerle saber que no está sola”.
Sin embargo, en este proceso de acompañamiento suele surgir una gran duda: ¿qué hacer si la persona rechaza la ayuda o se niega a hablar? El especialista enseña a leer la gravedad del contexto antes de tomar una decisión:
“Que una persona no quiera hablar no significa linealmente que exista una situación de emergencia. Si no advertimos un riesgo inmediato, debemos respetar su autonomía, evitar presionarla o interrogarla y dejar abierta la posibilidad de retomar el diálogo. Podemos transmitirle que estamos disponibles y favorecer, sin imponer, el contacto con un profesional o con su red de vínculos de confianza.
La situación cambia cuando existen indicadores de riesgo suicida, especialmente si la persona manifiesta intención de quitarse la vida, existe un plan concreto, antecedentes recientes de intento o una situación que permita considerar que existe un riesgo cierto e inminente. En ese contexto, el rechazo de ayuda no debe llevarnos simplemente a retirarnos. Es necesario activar la red de atención, procurar que la persona no quede sola y solicitar una evaluación profesional urgente”.
Es en este punto donde conocer los recursos de atención disponibles puede marcar una diferencia. No es necesario esperar a un intento para solicitar ayuda profesional: la aparición de ideas de muerte, autolesiones o una desesperanza intensa puede requerir una evaluación.
“En nuestro país, la Ley Nacional de Salud Mental 26.657 establece que las internaciones por motivos de salud mental deben realizarse en hospitales generales. Esto es importante porque significa que una persona que atraviesa una crisis suicida puede y debe ser atendida dentro del sistema general de salud, no quedar excluida en una guardia por tratarse de una problemática de salud mental. En Concepción del Uruguay, la única institución que cuenta con la estructura para abordar una situación tal es el Hospital J.J. de Urquiza”.
Frente a un escenario de urgencia médica en la ciudad, el especialista aclara los pasos concretos a seguir: “Ante casos de urgencia inmediata, como mencioné, es necesario recurrir al Hospital J.J. de Urquiza por guardia. En caso que haya situaciones de violencia o que la persona utilice elementos que puedan dañar a terceros (armas u objetos punzantes), es posible recurrir al 911 e informar lo que está sucediendo para que la fuerza de seguridad tome intervención sobre el caso.
Es muy importante no confundir respetar la autonomía con abandonar a una persona en una situación de peligro. Cuando no existe riesgo inminente, acompañamos respetando sus tiempos; cuando existe un riesgo cierto e inminente, la prioridad pasa a ser la protección de la vida y la activación de los dispositivos sanitarios correspondientes”.
En esa misma línea, el psicólogo repasa cómo se organiza la estrategia clínica a partir del primer contacto institucional y desmitifica el rol de la internación:
“La intervención comienza con una evaluación del riesgo, que implica escuchar el relato de la persona y valorar la presencia de ideas suicidas, intención, planificación, antecedentes y otros factores que permitan determinar la gravedad y urgencia de la situación. A partir de esa evaluación se define la estrategia de abordaje más adecuada. En situaciones de riesgo, puede ser necesaria la intervención de su red familiar o vincular y la articulación con profesionales y dispositivos de Salud Mental. Cuando existe un riesgo cierto e inminente para la persona, se requiere de una intervención urgente y una evaluación interdisciplinaria.
La internación, además, no debe entenderse como la primera ni como la única respuesta. La ley la considera un recurso terapéutico restrictivo y establece que debe utilizarse cuando aporte mayores beneficios que otras alternativas (ambulatorias), durante el menor tiempo posible y con criterios interdisciplinarios”.
La red de asistencia local: dónde buscar ayuda en Concepción del Uruguay
Más allá de las situaciones de urgencia por guardia, la prevención y el acompañamiento temprano requieren de espacios de atención sostenidos en el tiempo. Frente a la necesidad de iniciar una consulta, detalla las alternativas disponibles en el ámbito privado y público:
“Hay dos caminos: concurrir a un profesional psicólogo o psiquiatra de forma particular o bien, hacerlo en instituciones públicas. En nuestra ciudad contamos con 8 centros de atención primaria de salud que cuentan con servicio de Psicología (Psiquiatría solo el Hospital). Ellos son: CAPS Bajada Grande (depende de provincia), Giacomotti (depende de provincia), Villa Las Lomas, La Concepción, CIC, Amanda Ledesma, Rocamora, Minatta. A cada centro de salud le corresponde un área de intervención, por tanto, es necesario que la persona asista al centro de salud de su barrio y en todo caso, solicitar información acerca de qué centro de salud le correspondería a los fines de recibir tratamiento psicológico”.
—¿Qué nivel de respuesta puede ofrecer un centro barrial frente a una problemática de este tipo?
“Si bien un centro de atención primaria puede abordar situaciones ‘básicas’ de Salud Mental debido a su estructura y su capacidad de respuesta, en ocasiones, es el primer eslabón de la cadena. Desde un Centro de Atención Primaria se puede evaluar y eventualmente derivar al nosocomio local en los casos en donde la problemática requiera la intervención de otras disciplinas en conjunto”.
Para articular este entramado territorial y asegurar que la información circule de forma clara hacia la comunidad, la estructura municipal cuenta con un organismo de coordinación específico: “Asimismo, nuestra ciudad cuenta con una Dirección Municipal de Salud Mental cuya función es articular y coordinar la atención clínica entre los distintos Centros de Atención Primaria de Salud. Asimismo, tiene como objetivo constante la difusión y promoción de información a la comunidad respecto a cuestiones vinculadas a la Salud Mental en general”.
Prevenir el suicidio no es una tarea exclusiva de los consultorios profesionales. También implica estar atentos, saber escuchar y conocer los recursos disponibles para pedir ayuda. Abrir la puerta al diálogo, derribar los mitos que perpetúan el aislamiento y conocer los recursos concretos de nuestra ciudad son herramientas para que el sufrimiento no quede confinado a la soledad.
La información y el marco clínico de este artículo contaron con con el aporte de Lucas M. Giqueaux (M.P 2658), Psicólogo (UNR), Esp. en Psicología Forense (UNR) y docente universitario.. Para orientación o atención profesional, su línea de contacto es +54 9 3442 57-4639.