2026-09-27

La trinchera silenciosa de los que nos dan los buenos días

Por un psicólogo de a pie, siempre agradecido.

En tiempos de persianas que bajan en nuestra ciudad, los empleados de comercio siguen poniendo el cuerpo, la sonrisa y una paciencia que no figura en ningún recibo de sueldo.

 Caminar por la peatonal Rocamora o recorrer la calle 9 de Julio en estos meses duele un poco... El ruido seco y oxidado de una persiana metálica que baja para no volver a abrirse es, quizás, la banda sonora más triste de la época. Nos acostumbramos a mirar números, alquileres imposibles y balances en rojo, pero nos estamos olvidando de lo esencial: de la mirada del que está parado ocho horas de pie aguantando los trapos.

Ayer fue el Día del Empleado de Comercio. Y mientras las vidrieras vacías nos devuelven el reflejo de una ciudad que resiste como puede, vale la pena frenar un minuto la marcha. Dejar de mirar el celular y reparar en esa persona que nos da las buenas tardes con una amabilidad que muchas veces roza el milagro.

El empleado de comercio no es un engranaje mecánico ni un simple despachador de mercadería. Es, antes que nada, un pararrayos social... Porque cuando la mano viene dura, cuando la plata no alcanza y la factura llega con aumentos que quitan el sueño, la bronca acumulada suele estallar en el lugar equivocado: frente a la caja, ante la góndola o sobre el mostrador de cualquier comercio.

Hay que tener una espalda muy ancha y un corazón templado para poner la cara todos los días. Para tolerar el malhumor ajeno, la queja por el precio que ellos no fijan, el regateo desesperado o el suspiro resignado de quien devuelve un paquete de fideos porque no llega con el cambio. Ellos reciben esa marea de frustración y, en lugar de devolver aspereza, eligen respirar hondo y ofrecer una palabra suave.

En estos más de veinte años recorriendo los barrios de La Histórica, aprendí que los comercios son mucho más que unidades económicas: son espacios de salud mental comunitaria. Para muchos jubilados que viven en soledad, el único diálogo verdadero del día no ocurre en un consultorio ni en una oficina pública, sino con la chica que corta el queso en el almacén o con el pibe que acomoda las cajas en la ferretería.

Ese cruce de miradas salva. El "Hola Don Carlos, ¿Cómo anda hoy de la rodilla?" no se enseña en capacitaciones de marketing empresarial; nace de la empatía pura, del reconocer al otro como un semejante que también la viene remando. El empleado de comercio ejerce una pedagogía de la ternura silenciosa, casi invisible, que ninguna aplicación de compras ni pantalla táctil podrá jamás imitar.

Por eso resulta tan desolador ver locales vacíos con carteles de alquiler descoloridos por el sol entrerriano. Porque cuando un negocio cierra, no sólo cae una fuente de ingresos: se rompe un tejido cotidiano. Se apaga un punto de encuentro, se esfuma una rutina y queda en la calle un vecino que conocía nuestros gustos, nuestras manías y hasta los nombres de nuestros hijos.

Ellos también tienen incertidumbre. También vuelven a su casa con el dolor de cintura de estar parados todo el día, con la preocupación de si el mes que viene el local seguirá en pie y con las mismas boletas de servicios esperándolos arriba de la mesa. Sin embargo, al día siguiente se planchan la camisa, se atan el pelo, visten su mejor sonrisa y vuelven a atender los comercios con una dignidad admirable.

No los demos por sentado. La próxima vez que entres a un negocio apurado, masticando tu propia rabia o quejándote del costo de vida, acordate de que del otro lado del mostrador hay alguien que la pelea a la par tuya. 

Miralo a los ojos, agradecele el gesto y devolvele la sonrisa. En tiempos donde todo parece desmoronarse, la paciencia y la calidez del que atiende son el acto de resistencia más noble que le queda a nuestra comunidad.

Hoy, como siempre, mi corazón está con vos, mi amor, abnegada empleada de comercio. Gracias por tu entrega silenciosa, por la calidez diaria con la que iluminás todo y por ser nuestro orgullo de cada día. Un beso inmenso y mi amor eterno para vos.

 

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