De anónimos y nuevas realidades: el desafío de las amenazas virales en nuestra comunidad
Lo ocurrido recientemente como el antecedente en San Cristóbal, ha generado un efecto espejo que nos obliga a pensar. No se trata solo de episodios aislados de indisciplina, sino de un síntoma social que se utiliza como vehículo para manifestar un malestar que no encuentra cauce en la palabra.
Desde una perspectiva psicoanalítica, podríamos pensar que es una forma de mostrar algo cuando el decir falla. Detrás de un mensaje anónimo en el baño o en una aplicación, a veces se esconde un intento desesperado por ser visto en un mundo que suele profundizar la soledad.
Sin embargo, lejos de señalar culpables o exigir la aplicación de sanciones puramente punitivas, me parece fundamental preguntarnos: “qué nos están diciendo estos silencios que hoy estallan en forma de amenazas”.
La respuesta institucional no debería limitarse únicamente al control o a la presencia de fuerzas de seguridad. Si bien los protocolos de cuidado son esenciales para garantizar la integridad física, la verdadera seguridad es de naturaleza vincular y emocional. Es destacable el esfuerzo por parte de las autoridades locales para transformar la respuesta meramente policial en una intervención pedagógica y preventiva. Es comprensible que el pánico se instale entre las familias, pero el miedo suele ser un mal consejero. El desafío, entonces, es sostener la continuidad de los vínculos sin caer en la paranoia colectiva.
En este escenario, la brecha generacional se presenta como un territorio a explorar. Más que una deserción, lo que observamos es un desafío para el cual no fuimos entrenados: acompañar a las nuevas generaciones en una realidad que se mueve a una velocidad distinta a la de nuestras palabras.
Necesitamos espacios donde la subjetividad sea respetada y escuchada. La prevención real surge cuando le devolvemos al joven el espacio de la escucha. Si el entorno ofrece canales legítimos para tramitar la frustración o el conflicto, la necesidad de recurrir a la intimidación pierde su sentido. El trabajo interdisciplinario se vuelve aquí una herramienta de cuidado indispensable.
Nos toca, como comunidad, intentar reconstruir una presencia que aloje. No se trata sólo de una autoridad rígida, sino de una presencia atenta, capaz de mirar más allá de la pantalla y de preguntar qué sucede en ese mundo interno que hoy parece gritar a través de un teclado.
En este 2026, la seguridad de nuestros espacios de formación depende de nuestra capacidad para reconocernos y escucharnos. No permitamos que la viralidad del miedo erosione la confianza en el otro.
Al final del día, el mejor antídoto contra el espanto sigue siendo la palabra y el encuentro humano.